domingo, 24 de noviembre de 2013

Remordimientos


Volvía de la ciudad. La motocicleta avanzaba sin problema, el mecánico se había empleado a fondo en todas y cada una de las piezas. Y no solo mecánica, si no también estéticamente. El accidente, hacía ahora tres meses, había paralizado a Bernardita (así llamaba a su moto) en el taller y la fractura de la clavícula por fin le había dado permiso para subirse en ella. La primavera había abierto entre las nubes una benévola ventana por la que se estuvieron colando las cálidas caricias de Helios a lo largo de todo el día, el ocaso aún conservaba gran parte de esa calidez. La sincronía entre la mano y el pie izquierdo activaron una marcha menos y el apretón de la mano diestra pusieron a prueba a Bernardita. Esta respondió llevando el cuenta revoluciones hasta las 8.000 vueltas. De nuevo una marcha más y a la salida del falso tunel, el velocímetro indicaba 180 km/h, recreaba así el día del accidente. Aflojó el puño al empezar la cuesta, sabía que así llegaría la moto a los 100 km/h al puente donde estaba el radar. Con dulzura en los gestos, mantuvo la velocidad hasta la entrada al túnel, donde volvió a apretar un poco el acelerador y con suficiente inercia, salió del mismo a 110 para tomar la salida camino de la primera rotonda. Freno, reducción, tercera velocidad, 40 Km/h y en la tercera salida emboca la segunda rotonda.

***

Es curioso como la compasión nos lleva a situaciones poco convenientes. La lluvia, el frio y la noche eran los únicos compañeros de aquel perro y la luz de Bernardita lo desorientó aún más. Intentó esquivarlo, pero 50 km/h en aquella rotonda y con aquellas condiciones era demasiada velocidad. In extremis, el can se salva, pero el mal ya estaba hecho, no podía frenar como era debido para no caerse y arrastrase por debajo del quitamiedos. Así que evitó la caída, pero no el impacto de la rueda contra el mismo. Máquina y piloto tumbados en el suelo, boca arriba vió como el perro huía de la escena. Movió sus pies y sus manos, encogió las piernas, se palpó el pecho... 

-Pues no soy un vegetal. -Se consoló. 

Hizo por levantarse, pero no podía, un agudo dolor en su hombro le impedía apoyarse con su mano derecha en el suelo. Lo volvió a intentar, pero no era capaz. Condenado a esperar ayuda, con las piernas y el brazo hábil, se arrastró sobre la espalda para buscar refugio del tráfico cerca del quitamiedos.

***

Pasó la fatídica rotonda, esta vez a velocidad adecuada, con el suelo seco y sin el perro de la vez anterior. Tramo sinuoso y rápido, a 80 km/h llega a la entrada del pueblo y la señal de velocidad urbana civiliza el ansia de la mano derecha. Es curioso, pero uno no se da cuenta de lo oscura que es la noche hasta que ve las luces de su vehículo chocar de frente contra los ojos de un gato. Agazapado en la cuneta, mira fijamente a Bernardita 

-Micifú, espero que no se te ocurra cruzar ahora. 

Y Micifú cruza. Los gatos son rápidos y se libra, pero también son estúpidos y cuando parecía que había decidido de qué lado de la carretera iba a estar, cambia de idea y vuelve sobre sus pasos. Trump, trump, la rueda delantera primero, la trasera después. No hizo el más mínimo ademán por el esquivar al gato, pero no por ello durmió sin remordimientos esa noche.

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