Volvía
de la ciudad. La motocicleta avanzaba sin problema, el mecánico se
había empleado a fondo en todas y cada una de las piezas. Y no solo
mecánica, si no también estéticamente. El accidente, hacía ahora
tres meses, había paralizado a Bernardita (así llamaba a su moto)
en el taller y la fractura de la clavícula por fin le había dado
permiso para subirse en ella. La primavera había abierto entre las
nubes una benévola ventana por la que se estuvieron colando las
cálidas caricias de Helios a lo largo de todo el día, el ocaso aún
conservaba gran parte de esa calidez. La sincronía entre la mano y
el pie izquierdo activaron una marcha menos y el apretón de la mano
diestra pusieron a prueba a Bernardita. Esta respondió llevando el
cuenta revoluciones hasta las 8.000 vueltas. De nuevo una marcha más
y a la salida del falso tunel, el velocímetro indicaba 180 km/h,
recreaba así el día del accidente. Aflojó el puño al empezar la
cuesta, sabía que así llegaría la moto a los 100 km/h al puente
donde estaba el radar. Con dulzura en los gestos, mantuvo la
velocidad hasta la entrada al túnel, donde volvió a apretar un poco
el acelerador y con suficiente inercia, salió del mismo a 110 para
tomar la salida camino de la primera rotonda. Freno, reducción,
tercera velocidad, 40 Km/h y en la tercera salida emboca la segunda
rotonda.
***
Es
curioso como la compasión nos lleva a situaciones poco convenientes.
La lluvia, el frio y la noche eran los únicos compañeros de aquel
perro y la luz de Bernardita lo desorientó aún más. Intentó
esquivarlo, pero 50 km/h en aquella rotonda y con aquellas
condiciones era demasiada velocidad. In extremis, el can se salva,
pero el mal ya estaba hecho, no podía frenar como era debido para no
caerse y arrastrase por debajo del quitamiedos. Así que evitó la
caída, pero no el impacto de la rueda contra el mismo. Máquina y
piloto tumbados en el suelo, boca arriba vió como el perro huía de
la escena. Movió sus pies y sus manos, encogió las piernas, se
palpó el pecho...
-Pues no soy un vegetal. -Se consoló.
Hizo por
levantarse, pero no podía, un agudo dolor en su hombro le impedía
apoyarse con su mano derecha en el suelo. Lo volvió a intentar, pero
no era capaz. Condenado a esperar ayuda, con las piernas y el brazo
hábil, se arrastró sobre la espalda para buscar refugio del tráfico
cerca del quitamiedos.
***
Pasó
la fatídica rotonda, esta vez a velocidad adecuada, con el suelo seco
y sin el perro de la vez anterior. Tramo sinuoso y rápido, a 80 km/h
llega a la entrada del pueblo y la señal de velocidad urbana
civiliza el ansia de la mano derecha. Es curioso, pero uno no se da
cuenta de lo oscura que es la noche hasta que ve las luces de su
vehículo chocar de frente contra los ojos de un gato. Agazapado en
la cuneta, mira fijamente a Bernardita
-Micifú, espero que no se te
ocurra cruzar ahora.
Y Micifú cruza. Los gatos son rápidos y se
libra, pero también son estúpidos y cuando parecía que había
decidido de qué lado de la carretera iba a estar, cambia de idea y
vuelve sobre sus pasos. Trump, trump, la rueda delantera primero, la
trasera después. No hizo el más mínimo ademán por el esquivar al
gato, pero no por ello durmió sin remordimientos esa noche.
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