Siempre fue un apasionado del monopatín, desde los siete años hasta los cincuenta, cuando murió. Santi no perdía la oportunidad de pasárselo bien con el skate, como a él le gustaba llamarlo y aún así, sus últimos años fueron solitarios. Porque, aunque verlo evolucionar sobre la tabla siempre fue un gozo para todos sus amigos, el alcoholismo lo convirtió en un paria. Carpintero de profesión, la crisis lo había condenado a vivir en una furgoneta en el camping de un amigo que aún lo toleraba. Decir Santi en su antigua pandilla era motivo para ver gestos que se torcían o miradas que se apartaban.
La semana pasada apareció una noticia en el periódico que anunciaba la muerte de una pequeña celebridad del skate en la ciudad, Santi. Todos los que le apartaban la cara y hablaban pestes de él lloraban su muerte, panegíricos en los que aparecían los buenos momentos a su lado y sin embargo, nada del silencio cuando Santi pedía ayuda desde la cabina de teléfono del camping para comer. Lágrimas de cocodrilo.
La semana pasada apareció una noticia en el periódico que anunciaba la muerte de una pequeña celebridad del skate en la ciudad, Santi. Todos los que le apartaban la cara y hablaban pestes de él lloraban su muerte, panegíricos en los que aparecían los buenos momentos a su lado y sin embargo, nada del silencio cuando Santi pedía ayuda desde la cabina de teléfono del camping para comer. Lágrimas de cocodrilo.