Al salir del restaurante, el frío de la noche los acercó y sus manos se rozaron y entrelazaron con la complicidad de siempre. Creían que nada volvería a ser lo mismo, y sin embargo, todo parecía igual cuando los pies de los dos los llevaron a cruzar la calle. Y a recorrer el camino de la casa de ella, a fundirse en un abrazo en el portal, a besarse con deseo en el ascensor, a sobarse con lujuria en el rellano, a desnudarse con frenesí por el pasillo, a poseerse con amor en la cama. La despedida había sido un reencuentro más.
miércoles, 23 de septiembre de 2015
lunes, 21 de septiembre de 2015
Ya no seré más tu puta
Sentada en la mesa ante el ordenador, se inclinó hacia delante en la silla, y así, él la sorprendió sentándose justo detrás de ella, haciéndole sentir la dureza de la erección en su espalda. Ignoró sus breves protestas mientras introducía las manos por debajo de su camisa y la acariciaba con suave firmeza desde la cintura hasta las tetas. Sus duros pezones pasaron de ser una insinuación tras la camisa a una certeza entre los dedos de él. Gimió mientras la besaba en el cuello y toda su piel se erizó. La mano de ella pasó a ser parte activa de la escena, buscando la pulsión que bajo el vaquero de él pugnaba por salir. Él bajó su mano hasta las bragas de ella, apartando el ajado elástico y obligándola a separar las piernas. La sujetó con la otra mano por el cuello y le dijo: Será la última vez que te folle, siéntate en la mesa.
Ella se levantó, apartó el ordenador a un lado y se sentó frente a él. Él le quitó las bragas y le dijo: Nunca olvidaré tu coño, espero que no olvides esta comida.
Y se entregó a su sexo húmedo como nunca lo había hecho. La besó, la lamió de arriba a abajo y de un lado a otro. Primero con lentitud y poco a poco, más rápido. Cuando un temblor anticipó un orgasmo, atrapó el clítoris entre sus labios y alternó rápidas lamidas con una fuerte succión. El temblor de ella vino acompañado por una risa, siempre se reía cuando se corría. Esta vez él no paró, siguió y siguió, prolongando su risa durante varios minutos, hasta que ella le dijo que ya no podía. Entonces el se irguió, se desnudó y le dijo: Desnúdate, quiero volver a sentir toda tu piel por última vez.
La penetró, estaba especialmente dilatada, pero no siempre había sido así. Su vagina era especialmente estrecha, tanto, que en más de una ocasión había acabado desollado follando con ella y así, bautizó a su vagina con el sobrenombre de Tiburón. La sujetó con fuerza por los tobillos mientras estaba echada en la mesa para que el próximo orgasmo no lo expulsara de las fauces, y así estuvo moviéndose sin parar, exceptuando los momentos en los que ella se reía. Cuando él estaba a punto de correrse, ella le dijo: Échamelo en las tetas, sabes que me encanta.
Él le hizo caso y se vació en su pecho entre gemidos y estremecimientos. Y cuando no le quedaron más fuerzas, la limpió con la lengua y se fundió con ella por primera y última vez en un beso húmedo y profundo. Se vistió y se fue, y solo en el ascensor, mientras una amarga sonrisa detenía una lágrima de desolación, dijo: Ya no seré más tu puta.
sábado, 30 de mayo de 2015
El olor
Vestida
de trampa mortal, sin ropa, me esperaba tendida completamente destapada
en su cama. El incienso a duras penas podía tapar el olor de su sexo
hambriento. Sucumbí.
lunes, 6 de abril de 2015
El mejor hogar
Cuando Marta decidió que a los cincuenta años su vida sedentaria se acababa, escogió una furgoneta como modo de vida. El dinero del que disponía para comprarla no era el suficiente para escoger la Volkswagen Transporter que a ella le hubiera gustado. Se tuvo que decidir por una Ford Transit de carga, reformada con mucho trabajo de los amigos que la apoyaron en su nuevo proyecto. Un lavado de cara, unas flores pintadas por dentro, cortinillas en las ventanas, los muebles decorados con motivos marinos y su taza de desayuno favorita, convirtieron el espacio de carga del vehículo en su hogar rodante. Le gustaba viajar por carreteras secundarias buscando los mercados de los domingos de los pueblos para abastecerse para toda la semana, pero sobre todo, por el pan.
Con cinco años, el camino desde su casa hasta el pueblo donde había escuela era largo. Y en invierno, doloroso para los pies y las orejas. Marta caminaba aprisa para entrar en calor pero, sobre todo, para llegar al cruce donde el panadero la esperaba para acercarla hasta el pueblo. La furgoneta de reparto era una de aquellas viejas Dyane 6 con habitáculo de carga trasero de chapa corrugada. Marta abría la puerta y recibía un monumental abrazo de calor de obrador y de olor a pan. Se sentaba y daba los buenos días a Evaristo con ese tipo de sonrisa infantil que deja a la vista los dientes y oculta los ojos detrás de una línea dibujada entre los párpados. Ya en marcha, Evaristo le daba un riche y a Marta el calor en sus manitas le parecía que le iba a llegar hasta su corazón.
Todos los días compraba el pan necesario para el día y siempre buscaba un obrador de pan. Cada vez que entraba en uno, recordaba a Evaristo, la Dyane 6, y el frío que se le quitaba cada vez que entraba y le daba los buenos días. Volvía a su Ford con una bolsa para el pan hecha de ganchillo y la compra del día. Al sentarse en el asiento del conductor, dejaba la bolsa en el asiento del acompañante, pellizcaba un trozo de pan, dejaba que la furgoneta y su corazón se inundaran con el olor y entonces pensaba que su Ford era mejor hogar que ninguna Volkswagen.
miércoles, 18 de marzo de 2015
Lágrimas de cocodrilo.
Siempre fue un apasionado del monopatín, desde los siete años hasta los cincuenta, cuando murió. Santi no perdía la oportunidad de pasárselo bien con el skate, como a él le gustaba llamarlo y aún así, sus últimos años fueron solitarios. Porque, aunque verlo evolucionar sobre la tabla siempre fue un gozo para todos sus amigos, el alcoholismo lo convirtió en un paria. Carpintero de profesión, la crisis lo había condenado a vivir en una furgoneta en el camping de un amigo que aún lo toleraba. Decir Santi en su antigua pandilla era motivo para ver gestos que se torcían o miradas que se apartaban.
La semana pasada apareció una noticia en el periódico que anunciaba la muerte de una pequeña celebridad del skate en la ciudad, Santi. Todos los que le apartaban la cara y hablaban pestes de él lloraban su muerte, panegíricos en los que aparecían los buenos momentos a su lado y sin embargo, nada del silencio cuando Santi pedía ayuda desde la cabina de teléfono del camping para comer. Lágrimas de cocodrilo.
La semana pasada apareció una noticia en el periódico que anunciaba la muerte de una pequeña celebridad del skate en la ciudad, Santi. Todos los que le apartaban la cara y hablaban pestes de él lloraban su muerte, panegíricos en los que aparecían los buenos momentos a su lado y sin embargo, nada del silencio cuando Santi pedía ayuda desde la cabina de teléfono del camping para comer. Lágrimas de cocodrilo.
martes, 10 de marzo de 2015
Miradas
Lo que me gusta de su mirada es que no recuerda a esos ojos de anuncios de maquillajes de las revistas. Esa esclerótica que parece parte del papel en el que no se ha impreso nada, el iris tan regular y uniforme, que basta ver otra foto de la misma modelo para darse cuenta que no es su iris, otro operario de fotografía le marcó una regularidad diferente a la impresión... No, la mirada de Cristina es la del paso del tiempo, la de decenas de noches sin dormir, la de párpados entornados por la miopía, la de miles de risas marcadas en las patas de gallo, la de dos verdes luceros que hacen que uno se sienta orgulloso de ser objeto de su mirada. Hoy, mientras la luz de la tarde se colaba por la ventana e iluminaba sus ojos, me sentí orgulloso de ser objeto de su mirada.
viernes, 6 de marzo de 2015
El día de la marmota
Elena vive convencida de que todo el mundo está en contra de ella, que sus últimos quince amantes no la querían como es debido, que la vecina le tiene envidia, que su madre la odia, que su hija prefiere tratar con su ex que con ella, que la casera le quiere robar... Hoy su último novio recogió sus escasas pertenencias del piso que compartían, mientras ella le insultaba, le pegaba y le echaba el humo del cigarrillo en la cara. Al salir por la puerta le dijo: Es un alivio dejarte, cariño. Elena vive convencida de que todo el mundo está en contra de ella, que sus últimos dieciséis amantes...
jueves, 5 de marzo de 2015
Luna
Sonríe.
Pero no con una de esas sonrisas protocolarias que no significan nada
más allá de: Aprendí a ser correcta y cortés.
La sonrisa de Luna es una de esas sonrisas que iluminan tu alma, la estancia en la que se encuentra, un día gris de invierno. La sonrisa de Luna es un La 440, música, la sonrisa. Ella no lo sabe, pero yo sé cuando su sonrisa es especialmente resplandeciente. Hoy es uno de esos días.
La sonrisa de Luna es una de esas sonrisas que iluminan tu alma, la estancia en la que se encuentra, un día gris de invierno. La sonrisa de Luna es un La 440, música, la sonrisa. Ella no lo sabe, pero yo sé cuando su sonrisa es especialmente resplandeciente. Hoy es uno de esos días.
lunes, 16 de febrero de 2015
Análisis de nos.
Ella, amanecer en mis ojos, susurro en mis oídos, caviar en mi paladar, primavera en mi olfato, seda en mis dedos.
Yo, esclavo de mis sentidos.
Yo, esclavo de mis sentidos.
sábado, 7 de febrero de 2015
Vacaciones peculiares
Las orejas abiertas en la barra del bar
-Pues sí, acampados en la orilla de un pantano en Cáceres, Gabriel y
Galán se llama. Y mientras los colegas se iban de excursión a ver
árboles y bichos, yo me quedé en la tienda acampado, pero como hacía
tanto calor, no me quedó más remedio que bañarme, porque en esa tierra
hace un calor de la ostia, tío. Y no es que yo tenga nada contra
del calor, pero es que hace un calor de la ostia. Y me metí en el agua y
al lado de donde me bañaba había un par de alemanes que viajaban en
furgo y se buscaban la vida vendiendo pizzas, como el pizza móvil pero
de los picapiedra. Que yo no tengo nada en contra de los jipis ni los
alemanes, pero era como los picapiedra. Y la hija de los dos estaba muy
buena, así como las alemanas de las pelis porno alemanas, rubias y con
pelambrera en el sobaco y el potorro. Que yo no tengo nada en contra de
los pelos en el sobaco y el potorro, pero era como en las pelis porno
alemanas. La chorba se metió en el agua en pelotas, tío que si mi novia
se baña en pelotas, yo me mosqueo mogollón. Que yo no tengo nada en
contra de que la gente se bañe en pelotas, pero me mosqueo. Y se me puso
dura y claro, me la tuve que machacar. Y después de un rato de darme
zambombazos debajo del agua, solté un corridón, que ríete tú de Nacho
Vidal. Bueno, no tanto, pero cuando estaba saliendo metí la cabeza para
mirar y parecía mogollón. Tío, ¿tú crees que se podrá haber quedado
preñada por un corridón submarino a distancia? es que me da palo pensar
que una jipi alemana piense que está preñada por ciencia infusa y que
haya un Rafita con mis ojos por ahí en una furgo, viendo como los
abuelos hacen pizza y chupándole las tetas a una alemana con el sobaco y
el potorro peludo.
Terminé la cerveza y salí, al otro no lo veía yo preparado para dar una respuesta a la altura de la pregunta.
jueves, 15 de enero de 2015
Escupiendo demonios
Todos sus tics y compulsiones eran un muestrario de aquellos demonios
que no quería mostrar. La botella de cerveza que levantaba de la barra y volvía a posar sin siquiera rozar el gollete con sus labios, el
teléfono que automáticamente revisaba cada vez que el cambio de canción
en la música ambiente amplificaba un breve silencio, la larga cabellera
que se mesaba cada vez que la pandilla de al lado se reía, las gruesas
gafas de pasta que se deslizaban por su breve nariz y claro, todos los
reproches a un pasado doloroso que, lejos de dejarlo marchar, no hacía
más que invocar. Desde el final de la barra, ese pasado se forjaba un
presente con otra.
El baño
El baño era un ritual que usaba para limpiar su alma y aliviar su cuerpo, aquel baño iba a ser especialmente terapéutico, acababa de romper con un tóxico que le llevaba amargando la existencia seis meses. Después de preparar el agua, las sales, las toallas y poner a Pink Floyd en el reproductor de música, se sumergió en la bañera. Poco a poco, el dolor se fue despegando, el calor la fue aliviando, el olor de las velas la fue calmando, hasta que, mientras sonaba "Wish you were here" el teléfono le recordó que no lo había apagado. El tóxico le enviaba un mensaje. Tal vez hace una semana hubiera respondido, tal vez lo hubiera leído, pero la semana había pasado y tenía el recipiente de la toxicidad rebosante. Agarró el teléfono, fue a la lista de contactos, lo bloqueó y de repente le pareció el más salubre de todos los baños que se había dado en los dos últimos años.
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