Ella no parpadea, hace titilar sus ojos.
jueves, 28 de noviembre de 2013
miércoles, 27 de noviembre de 2013
Clases particulares
Por la mañana dejaba a los niños en el colegio. De vuelta a casa en busca de refugio, la tiranía del invierno imprimía velocidad a sus pasos. Al abrir la puerta, las zapatillas y el pijama en el radiador le dieron la bienvenida. Puso a funcionar la cafetera y recogió el desastre que las fieras habían dejado en casa. Despejó la mesa del comedor y dispuso sobre ella el temario de sus estudios. La cafetera inundó con su aroma toda la casa y la retiró del fogón. Sonó el timbre de la calle, llegaba el profesor. Se miró en el espejo, se pellizcó las mejillas, se mordió los labios y se recogió el pelo en un moño. Un claro entre las nubes dejó deslizarse unos rayos a través de las ventanas.
martes, 26 de noviembre de 2013
Ocaso de tu recuerdo
Se desvanece tu imagen en mi mente, la próxima vez que coincidamos, impregnaré mis retinas de ti, para verte cuando cierre los ojos, para que no seas un efímero flash que desaparece al ponerse el Sol.
La taza.
Porcelana fina para el té, aljibe para sus lágrimas, difuminó la hora del descanso y la amargura al caer.
lunes, 25 de noviembre de 2013
Diálogo de besugos 2.1
Soslayemos los circunloquios, eso que tu llamas malentendido es un sinsentido.
domingo, 24 de noviembre de 2013
Remordimientos
Volvía
de la ciudad. La motocicleta avanzaba sin problema, el mecánico se
había empleado a fondo en todas y cada una de las piezas. Y no solo
mecánica, si no también estéticamente. El accidente, hacía ahora
tres meses, había paralizado a Bernardita (así llamaba a su moto)
en el taller y la fractura de la clavícula por fin le había dado
permiso para subirse en ella. La primavera había abierto entre las
nubes una benévola ventana por la que se estuvieron colando las
cálidas caricias de Helios a lo largo de todo el día, el ocaso aún
conservaba gran parte de esa calidez. La sincronía entre la mano y
el pie izquierdo activaron una marcha menos y el apretón de la mano
diestra pusieron a prueba a Bernardita. Esta respondió llevando el
cuenta revoluciones hasta las 8.000 vueltas. De nuevo una marcha más
y a la salida del falso tunel, el velocímetro indicaba 180 km/h,
recreaba así el día del accidente. Aflojó el puño al empezar la
cuesta, sabía que así llegaría la moto a los 100 km/h al puente
donde estaba el radar. Con dulzura en los gestos, mantuvo la
velocidad hasta la entrada al túnel, donde volvió a apretar un poco
el acelerador y con suficiente inercia, salió del mismo a 110 para
tomar la salida camino de la primera rotonda. Freno, reducción,
tercera velocidad, 40 Km/h y en la tercera salida emboca la segunda
rotonda.
***
Es
curioso como la compasión nos lleva a situaciones poco convenientes.
La lluvia, el frio y la noche eran los únicos compañeros de aquel
perro y la luz de Bernardita lo desorientó aún más. Intentó
esquivarlo, pero 50 km/h en aquella rotonda y con aquellas
condiciones era demasiada velocidad. In extremis, el can se salva,
pero el mal ya estaba hecho, no podía frenar como era debido para no
caerse y arrastrase por debajo del quitamiedos. Así que evitó la
caída, pero no el impacto de la rueda contra el mismo. Máquina y
piloto tumbados en el suelo, boca arriba vió como el perro huía de
la escena. Movió sus pies y sus manos, encogió las piernas, se
palpó el pecho...
-Pues no soy un vegetal. -Se consoló.
Hizo por
levantarse, pero no podía, un agudo dolor en su hombro le impedía
apoyarse con su mano derecha en el suelo. Lo volvió a intentar, pero
no era capaz. Condenado a esperar ayuda, con las piernas y el brazo
hábil, se arrastró sobre la espalda para buscar refugio del tráfico
cerca del quitamiedos.
***
Pasó
la fatídica rotonda, esta vez a velocidad adecuada, con el suelo seco
y sin el perro de la vez anterior. Tramo sinuoso y rápido, a 80 km/h
llega a la entrada del pueblo y la señal de velocidad urbana
civiliza el ansia de la mano derecha. Es curioso, pero uno no se da
cuenta de lo oscura que es la noche hasta que ve las luces de su
vehículo chocar de frente contra los ojos de un gato. Agazapado en
la cuneta, mira fijamente a Bernardita
-Micifú, espero que no se te
ocurra cruzar ahora.
Y Micifú cruza. Los gatos son rápidos y se
libra, pero también son estúpidos y cuando parecía que había
decidido de qué lado de la carretera iba a estar, cambia de idea y
vuelve sobre sus pasos. Trump, trump, la rueda delantera primero, la
trasera después. No hizo el más mínimo ademán por el esquivar al
gato, pero no por ello durmió sin remordimientos esa noche.
Frío en las manos.
Sonó el teléfono:
-Me duelen los pies, tengo la estufa puesta y estoy tirada en el sofá bajo una manta ¿Me harías un masaje?
-Claro que sí, ¿A qué hora quieres que pase?
-Ahora.
-Llego en un momento
Colgó y se frotó sus heladas manos, a él no le dolían los pies, pero su bombona de butano estaba vacía.
-Me duelen los pies, tengo la estufa puesta y estoy tirada en el sofá bajo una manta ¿Me harías un masaje?
-Claro que sí, ¿A qué hora quieres que pase?
-Ahora.
-Llego en un momento
Colgó y se frotó sus heladas manos, a él no le dolían los pies, pero su bombona de butano estaba vacía.
Cédeme un poco de ti.
En la apretada agenda social de ella quedaban exiguos espacios. A él le sabían a gloria, y aspiraba a copar unos pocos de ellos.
El miedo a ruidos desconocidos.
Llegó al garaje en su coche y al pasar por el jardín de la finca, camino de la casa, escuchó un ruido poco habitual
-¿Quién anda ahí? -preguntó.
Ante la falta de respuesta, corrió a casa en busca de la escopeta de caza y avisó por teléfono al vecino. Así, armados y alarmados, salieron los dos en pos del extraño ruido. Una vez localizado y sin posibilidad de matarse mutuamente, ambos dispararon. El ruido cesó y dieron por supuesto que el intruso había huido, así que se retiraron a su casa. Durmió tranquilo y a la mañana siguiente recibió llamada de su vecino.
-Ayer matamos a mi burro, ayúdame a descuartizarlo, que lo voy a meter en el congelador.
sábado, 23 de noviembre de 2013
La importancia de saber idiomas
Tengo un amigo que vive en una casa de campo y hace muchos años rescató
a un cuervo con un ala rota. El bicho nunca más pudo volar, así que se
quedó en casa (donde caben tres, caben cuatro) y así fue uno más. El
cuervo, como los loros, aprendió palabras y otras cosas. Entre ellas,
que el gato de la casa le tenía ganas y no de cariño. Un día el cuervo
relacionó las estampidas del gato con los ladridos del perro. Así que el
cuervo aprendió a ladrar, y cada vez que el gato se le acercaba con
aviesas intenciones, el cuervo ladraba y el gato volaba.
martes, 19 de noviembre de 2013
La cremallera
El corpiño es especialmente ceñido y desembarazarla del mismo se me hace cuesta arriba. De coqueta sonrisa pasa a esbozar una incipiente risa y no se detiene ahí. Cuando la risa pasa a casi incontrolable y la búsqueda de los corchetes o cremallera imposible, abre un cajón y me alcanza unas pequeñas tijeras, a la par que señala una costura diferente en el corpiño. Había desmontado la cremallera y le habían cosido la prenda sus amigas. Mañana se contarán la hazaña y se reirán.
viernes, 15 de noviembre de 2013
La hora del baño
La
ajetreada semana se termina y deja paso a un fin de semana que
empieza con una voz pastosa de recién despierto.
-Mamá,
¿puedo desayunar Nutella y cereales de la abeja?
Este
chaval no tiene medida de mi agotamiento, pero asomado a la puerta de
la habitación con el pijama y sus párpados pegados por las lagañas
se hace perdonar.
-Claro
cariño, ahora te preparo el desayuno.
Me
levanto y en la cocina le preparo los cereales como a él le gustan.
-Con
leche fría, mamá.
Desde
la cocina lo veo hacerse el amo del televisor, nadie en la casa
domina el mando a distancia como él. A través de la ventana, la luz
de la mañana hace evidente en su pelo ensortijado que se acaba de
levantar, y mientras Doraemon le cuenta a Nobita lo fantástico del
telescopio con el que hace saltos en el tiempo, comienza la ronda de
preguntas.
-Mamá
¿Como descubrieron el diámetro de la tierra?... Si damos una patada muy fuerte en el suelo ¿Nos escuchan en el otro lado del planeta?
Y
así. Acabo de prepararle el desayuno y remolonea ante la pantalla,
parece que la hélice del gato lo tiene hipnotizado.
-Pablo,
si no vienes a desayunar, me como yo la Nutella.
-¡No
mamá, que ya voy, que Nobita va a ganar la carrera!
-Si
me tengo que levantar, te apago la tele.
Viene
corriendo a la mesa de la cocina con el mando en la mano. Huele a
niño recién despierto y todavía no ha llegado a la edad en la que a
los niños les molesta que su madre les dé un beso en el cuello.
Mira embobado las tonterías de la tele y me fijo en sus manos. Ayer
tocaba colorear en clase de dibujo y aún quedan restos de ceras de
colores en sus uñas, esas uñas aún frágiles que tardarán unos
años en dejar de doblarse ante la acción de unas tijeras poco
afiladas. El mes pasado estropeó el cortauñas intentando cortar un
clavo que el padre le mandaba sujetar mientras
arreglaba la barandilla exterior de la casa. Tengo que comprar otro.
Se arremanga la pernera del pijama y se rasca, esa mancha no estaba
ayer.
-¿Y
esa porquería?
-No
es una porquería.
-A
ver. -Pues no, no es una porquería, es una costra en la rodilla.-
¿Como te hiciste esto?
-Ayer
me caí jugando un partido.
Claro,
los hombres y el fútbol, un día me voy a hartar de la ropa sucia, de
las zapatillas llenas de barro, de los domingos de frío en la grada
escuchando insultos de los padres al árbitro y al entrenador, pero
él es feliz. Me encanta cuando sale hecho un guarro del campo
después del partido con los ojos visualizando un pase o un gol y
volviéndolo a narrar con esas palabras que no le salen.
-Y
entonces Pedro me la pasó y, y, y, yo le hice así al balón (recrea
un movimiento con un balón invisible) y disparé y el portero hizo
así (representa el movimiento del portero) y el balón le pasó así
por la mano (un puño simula el balón y la otra mano se flexa hacia
atrás) y ¡GOOOOOL! ¿Lo viste mama? ¿Lo viste?
-Sí,
Pablo, lo vi, lo hiciste muy bien.
Tarda,
pero termina su desayuno. Su voz ya no es pastosa, pero aún tiene
cara de almohada y los ojos pegados.
-Pablo,
tienes que ducharte.
-¿Vamos
a ir a una boda?
Estas
respuestas me descolocan, me reiría si no me hiciera perder
autoridad.
-No,
pero si no te duchas, hoy no hay bicicleta.
El
gesto es de contrariedad y sigue alegando en contra de la ducha.
-Ya
me duché ayer.
-Y
todavía tienes suciedad bajo las uñas, no te lavaste como es
debido, venga a la ducha.
Se
levanta de la mesa (la ha dejado hecha un bonzo con la nutella y los
salpicones de leche) y simula desanimo agachando la cabeza y
arrastrando los pies descalzos camino del baño. Es un rito (el del
baño) que desde que empezó a hacerlo solo, le lleva mucho tiempo
(aunque cada vez menos) y hoy no es excepción. Le gusta cantar esas
canciones tontas de niños que hace diez años, antes de que fuera mi
hijo, a mi no me gustaban y que ahora me hacen sonreír. Hoy en el
repertorio hay una nueva, un poco picante, que le habrá escuchado a
algún caradura de la escuela, se hace mayor. Después de 20 minutos
de barbarie ecológica con el gasto de agua, me llama.
-¡Mama!
Ya terminé.
Toca
revisión y, como siempre, asombro ante el desolador panorama que me
espera en el baño. Amanecer en Mostar. Me pregunto como hace para
dejar el baño así habiendo cortina en la ducha, pero me da igual,
Pablo está reluciente. Su pelo rubio, aún húmedo del agua del
baño, brilla cuando un rayo de sol se cuela por la ventana y choca
con él. Orgulloso, levanta sus manos para enseñarme que no queda
rastro de suciedad en ellas y me explica como hizo para que estén
así de limpias.
-Con
esa esponja que usas para que te quede la cara de ese color tan chulo
cuando sales a cenar con papá, estaba sucia pero con el jabón,
ahora la esponja está también limpia. Y las uñas me las limpié
con ese cepillito con el que te peinas las pestañas y se te quedan
tan negras.
Sus
ya no tan pequeñas manos relucen entre las mías y las uñas están
tan limpias que se podría decir que están trasparentes. Tengo que
comprar un rimmel nuevo y una nueva esponja de maquillaje.
-Muy
bien, Pablo.
No
solo sus manos están limpias, ha puesto especial empeño en todo su
cuerpo. Está especialmente orgulloso, se nota en su sonrisa clara y
en su brillante mirada, parece más alto incluso, con su pecho
henchido y desnudo ante mi. Me hace un reproche.
-Tengo
las uñas de los pies un poco largas. -Se sienta en la tapa de la
taza del water y me las enseña- ¿Ves mama, ves?
En
efecto, están un poco largas, me encanta verle los pies y tomarlos
entre mis manos, son un claro indicador de lo rápido que crece y de
lo fuerte que va a ser, son unos pies fuertes, firmes en mis manos,
que contrastan con esa complexión infantil del resto de su anatomía,
pies formados a golpe de correr descalzo todo el verano en la casa de
campo de la abuela.
-Sí
Pablo, están largas las uñas. Ponte el albornoz, voy a por las
tijeras y te las cortaré.
-¿Con
las tijeras? ¿Y por qué no con el cortauñas?. -No le gustan las
tijeras.
-Porque
alguien se entretuvo jugando con él a piedra-papel-tijera contra un
clavo. -Sonríe al sentirse pillado en falta- Es igual, no pasa nada
porque hoy no te las corte. Te voy a secar el pelo que hace frío y
no quiero que salgas a la calle con el pelo húmedo.
Secarle
el pelo es un privilegio que su edad aún no me ha arrebatado. Me
gusta el momento, frotarle el pelo con la toalla le obliga a
movimientos en su cabeza casi hipnóticos y el olor de su champú se
expande por todo el baño embriagándolo todo de inocencia. Le gusta,
me cuenta sus proyectos de futuro.
-De
mayor voy a trabajar en una empresa importante.
-¿Sí?
¿Y de qué trabajarás?
-De
director, o mejor, de director gerente, que suena más importante. Y
tendré un buen sueldo.
-¡Qué
bien!
-Y
me voy a casar con una mujer muy guapa. Mamá, tengo agua en la
oreja.
-Se
dice oído.
-Eso,
en el oído, en este. -Se señala el oído afectado...
martes, 12 de noviembre de 2013
La cita.
La conversación era entretenida, variaba entre los protozoos y la sinestesia, pero ninguno de los dos estaba centrado en lo que debía. Él levantaba la vista buscando a su cita y ella, bueno, ella era ignorante de las miradas que su pretendiente le dirigía, seguro molesto con la presencia de ese conversador casual. En un momento en que las palabras dan un poco de tregua, el efímero parlanchín toma las riendas:
-Lo siento, me gustaría seguir hablando contigo, pero desgraciadamente no lo estoy disfrutando. Tengo la mente en otro sitio y...
Ella le corta.
-Está sentada en la barra, al lado del cañero.
-Gracias.
Al empujar el cristal de la puerta, el reflejo de ella y su hasta ahora ignorado pretendiente queda atrás y la imagen del eyeliner y el carmín cobran fuerza.
lunes, 11 de noviembre de 2013
El solo de batería.
Ya había pasado el verano, el común bronce del estío había abandonado su piel y de su cabellera, un rebelde mechón, ensortijado azabache, señala la avellana de su ojo derecho. Gira la cabeza en atención al solo de la batería, la palidez de su piel es mucho más notoria en el cuello expuesto y justo en el punto en el que la media luna del escote de la espalda termina y el hombro deja de ser visible, asoma el cuerno de un unicornio, tinta bajo piel. Me tiene loco la colonia infantil, hasta que otro golpe visual me vuelve a dejar fuera del concierto, la manicura bermellón de su mano izquierda sube por su cuello y se detiene en forma de masaje en el lóbulo de su oreja...
martes, 5 de noviembre de 2013
Ana y la bici
Pasa
rauda y veloz con su bicicleta. No es una bici de niña de color
rosa, tampoco es una bici nueva. Tiene aspecto de ser una bicicleta
de segunda mano, quizá heredada de algún familiar al que se le
quedó pequeña, pero la goza como solo los niños saben hacerlo.
Ella, erguida en su posición, muestra orgullosa su rubia melena al
viento que su velocidad genera. Es todo un contraste verla con sus
uñas pintadas de diferentes colores conduciendo ese montón de
óxido. De vez en cuando se detiene en el banco en el que está
sentado su padre y le pregunta cosas.
-Papá
¿De mayor puedo correr en el Tour de Francia?
-Claro
Ana, puedes hacer todo lo que quieras.
-Es
que dice Luis que las niñas no corren en el Tour, pero yo le gano
todas las carreras que hacemos.
-Lo
dice para que te desanimes porque eres más rápida que él, pero no
le hagas caso.
-Ya
me lo parecía a mi.
Y
con sus botitas imprime un giro inverso a los pedales y vuelve a
arrancar en alocada carrera. Al rato, cansada, jadeante,
sudorosa, vuelve a parar y deja con cuidado la bici en el suelo, se
sienta al lado de su padre y le vuelve a preguntar.
-Papá
¿Como se sabe el diámetro del Sol?
Papá
ya no está en la edad en que todo lo sabe, la pregunta lo deja fuera
de juego.
-Pues
no lo sé, pero cuando volvamos a casa lo consulto y te lo explico.
La
niña es mucho más vivaz que las que comparten juego con sus muñecas
y sus madres en el parque y su cara es mucho más luminosa, o al
menos así me lo parece a mi por lo audaz de sus preguntas. Unos
enormes ojos azules se apoyan en sus, por el esfuerzo, coloradas
mejillas y el jadeo remite mientras alivia la sequedad de sus labios
humedeciéndolos con la lengua. Y vuelve a la carga con la batería
de preguntas.
-¿La
gente en Australia camina cabeza abajo?
Su
padre sonríe.
-No,
caminan con los pies en el suelo, así que la cabeza está arriba.
-Ya,
eso lo entiendo, pero si están en la parte de abajo del planeta, la
cabeza está debajo.
-Bueno,
es una forma de verlo, pero la tierra es redonda, así que “abajo”
es el centro de la tierra. Si andan con los pies en el suelo, tienen
la cabeza arriba.
-¡Ah!
Te explicas mejor que la profesora, eres el mejor padre del mundo.
La
sonrisa del padre se agranda.
-¿Tú
crees?
-Sí,
me dejas hacer cosas que el padre de María no le deja hacer y
explicas las cosas muy bien.
-Muchas
gracias, tú eres la mejor hija del mundo y la más guapa.
-¿De
verdad?. -Ana no parece tenerlo claro y aparta hacia atrás el pelo
en un gesto de coquetería con su índice izquierdo, por algún
motivo, el violeta con el que tiene pintada la uña de ese dedo, me
parece más bonito que el resto de los colores de las otras uñas-
¿No sería más guapa si tuviera pendientes? La profesora tiene
pendientes y el resto de los profesores del colegio la miran mucho.
Eso
hace estallar al padre en una sonora carcajada y esta provoca un
gesto de seriedad en Ana.
-Tú
no serías más guapa si tuvieras pendientes, serías igual de guapa,
pero tendrías pendientes. ¿Quieres ponerte pendientes?
-No
lo sé, creo que sí, me gusta mucho como quedan, pero me parece que
duele.
-Un
poco de daño sí que hace, pero si quieres ponértelos, podemos ir a
una farmacia a que te hagan los agujeros. ¿Tú quieres que los niños
te miren?
Un
sofoco inunda las mejillas y las orejas de Ana, se echa el pelo hacia
atrás y recoge sus manos entre sus muslos.
-Hay
un niño en el colegio que me gusta -sus botas dibujan círculos en
el grijo del suelo- pero no me hace caso.
Estoy
siendo testigo de la primera convesación de mayores de Ana con su
padre y me brotan lágrimas.
-Pues
habrá que hacer algo para que ese niño te haga caso, ¿Como se
llama?
-Roberto.
-Tal
vez se fijó en ti y no se atreve a decirte nada.
-A
lo mejor no le gusto.
-Bueno,
tal vez le gustes y no se haya fijado en ti.
-¿Como
puede ser?
-Porque
nunca te vistes de chica, siempre usas pantalones y sudadera, no usas
falda ni zapatos de niña y solo te sueltas el pelo cuando montas en
bici.
-¿Eso
es importante?
-En
realidad no, pero si quieres que te miren, sí.
-¿Los
chicos solo se fijan en eso?
-Los
chicos se fijan en muchas cosas, en eso también.
-¿Me
ayudarás a que Roberto se fije en mi?
-No,
te ayudaré a que le gustes a Roberto como eres. Y si quieres
vestirte de chica, también te ayudaré.
-¿Podré
ponerme tacones?
-Eso
no, es demasiado pronto para que te pongas tacones. Pero te prometo
que te mirarán de otra forma todos tus compañeros del cole.
Ana
se levanta y camina con gesto orgulloso delante de su padre; de
puntillas, simulando llevar tacones, con las manos en ángulo hacia
afuera, erguida y con los hombros rectos hecha una dama.
-No
quiero ponerme pendientes, la ropa se quita y se pone, pero los
pendientes dejan agujero. -Dice segura de si misma.
-Eres
una niña muy inteligente, ¿Quieres que vayamos de compras?
-¿Ahora?
-Claro, toma la goma del pelo. -Dice el padre mientras se levanta.
-No,
ya no me la voy a poner más.
-Bien,
coge la bici pues y pongámonos en marcha.
Ana
se sube en la bici y pedalea despacio al lado de su padre. De vez en
cuando levanta la cabeza hacia él, pero la conversación ya no me
llega.
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