jueves, 16 de agosto de 2012

Dos cascos y una cresta.


Desde que el cachorro llegó a mi vida (hará la semana que viene diez meses) no había tenido ningún tipo de proposición, pero hace dos semanas un antiguo conocido que me encontré por la calle, me miró con ojos de deseo y me comentó que había un concierto en una pequeña sala no muy elegante, aunque bastante decente. El tipo es guapete, bastante masculino y muy relamido de formas. No se puede tener todo. La idea del concierto me gusta mucho, porque me da la escusa para sacar esas ropas del armario que tanto tiempo hace que tengo aparcadas, aunque los pantalones me dieron un poco de guerra (no se gesta un vástago sin que eso penalice la figura) En fin, nada que unas tijeras, un par de añadidos en forma de cuchillo en los costados y un poco de aguja no puedan solventar. La chaqueta de piel también necesitó ayuda,  esponja y crema para las manos. Parece que solo han pasado por ella un par de años y no veinte. Es curioso, pero ahora que queda poco para la hora de la cita estoy nerviosa, creía que este tipo de vértigos desaparecían pasada la adolescencia, o cuando una se divorciaba del cabrón responsable de la infelicidad de mi muela rota. La ducha me quiere en forma de finos hilos de agua y el guante de crin arranca de mi piel el cansancio en forma de sudor . Debería haberme depilado, pero la semana no me dio ni un par de horas de tregua, así que la cuchilla será mi aliada esta noche ¡Mierda! Siempre me pasa lo mismo en la rodilla, la marca de las dos hojas otra vez. Tampoco es para tanto. Toca salir de el angosto cubículo de la ducha, me molesta este baño tan pequeño, pero me he acostumbrado a él y hoy lo he hecho un poco más confortable para la ocasión. Un radiador fuera del baño y un perchero hacen las veces de galán de noche y entre los dos cuidan de mi albornoz con dibujos de Mafalda y de mis zapatillas con pompones rosa. El albornoz y las zapatillas me lo agradecen con un cálido abrazo, repetiré el truco. Frente al espejo, me doy cuenta de que el pelo necesita más atenciones de las que me puedo permitir, el secador y la plancha para el pelo no van a poder terminar a tiempo, así que a grandes males, grandes remedios. La gomina y el peine conformarán una cresta que hace años que no orla mi cabeza y que hará buenas migas con los vaqueros negros reformados y la cazadora de piel. Me gusta la idea y me sugiere otra para el maquillaje. Unas dramáticas sombras negras y rosas como aquellas ochenteras bailarinas que acompañaban a Robert Palmer, acabarán de enmarcar a una punkarra con ánimo de guerra. Es curioso, pero se me eriza el deseo y la piel de la espalda. El relamido este se va a enterar de quien soy yo esta noche, ya le puedo gustar, o no le vuelvo a dirigir la palabra en la vida. Suena el teléfono y Sara me comenta que el leoncito cenó y que duerme a cuerpo de rey. Maldito cabrón adorable, conmigo no te habrías dormido hasta dentro de una hora. Toca vestirse ¿Braga o tanga? Naturalmente, tanga. A juego con el sujetador, un precioso Selmark azul turquesa ribeteado de encaje. Una camiseta gris marengo, sin mangas, ajustadísima, con tirantes anchos. Punky y rompedora, pero no menos recatada. El pantalón sin abotonar (arreglar la cintura no está entre mis habilidades) pero sujeto por un cinturón que disimulaba el fallo. Por último las botas, unas Doc Martens negras que hacía años que las tenía escondidas en el fondo de la zapatera del armario. Me miro al espejo, de repente no me gusto tanto, pero no hay vuelta atrás, no hay tiempo para cambios, así que toca revisar la mochila de tela vaquera que hace las veces de bolso. Llaves, maquillaje de emergencia, teléfono, pañuelos de papel, tabaco, mechero, chicles, cartera ¿llevo dinero? sí. Está todo, ya te puedo gustar, idiota relamido. Salgo de casa, giro la llave un par de veces y bajo a toda velocidad por las escaleras, espero llegar a tiempo, voy un poco justa. Al salir del portal, me llevo una sorpresa, el idiota está allí esperándome con dos cascos en la mano y en un primer golpe de vista no me reconoce, un segundo después entre balbuceos me dice:
-Estás fantástica.
-Gracias ¿No habrás venido a buscarme en moto?
Me miró a la cresta y dijo:
-No, son los cascos de un amigo, que se los estoy sujetando hasta que vea a una mujer guapa, pero ya no los voy a sujetar más.
Ya no me pareció tan relamido. Aquella estupidez que dijo me gustó.
-Sube a mi casa, dejamos los cascos y a la vuelta los recoges.
Se ruborizó cuando pasé mi brazo por debajo del suyo camino del portal.

miércoles, 15 de agosto de 2012

La entrevista


Esta entrevista de trabajo me está volviendo loco, la entrevistadora no me deja concentrarme en lo que tengo que decir. Lleva un rato largo despistando mi campo visual con su camisa blanca y su traje chaqueta. Sin pantalones, me recibió abriendo ella misma la puerta de la oficina y la falda de tubo no pudo disimular la marca de los ligueros ni de la ropa interior que no lleva. Es pequeña, de poderosas piernas y no menos poderosas tetas. Su gesto serio no puede ocultar las arrugas que solo una franca sonrisa puede marcar. Tengo una erección tremenda...
-...está usted de acuerdo?
¿De acuerdo en qué? Mierda, sus tetas me van a hacer perder el trabajo. ¿Y ahora que contesto?
-Sí, como no.
Se levanta, va a su maletín de piel, saca algo del mismo y se dirige hacia mi. Me esposa y se sienta a horcajadas.
-Hace tiempo que tenía ganas de someter a un hombre en el trabajo. No vas a trabajar aquí, no me lío con compañeros.
Me pone la mano en la entrepierna y dice:
-Me gusta que la tengas así de dura.
Me abofetea y me dice:
-Al salir del trabajo te llamaré, espero que estés en casa. Si no estuvieras, te pondré una demanda por acoso.
...
Acabo de llegar a casa, el móvil está conectado al cargador.

martes, 14 de agosto de 2012

Gota de sudor.


Recordaba todos y cada uno de los trocitos de piel que antaño su ropa revelaba, sin embargo, aquel día su breve atuendo dejaba la desnudez a un solo paso y el sol perlaba de sudor su hombro. El calor apretaba y la arena se hizo cómplice de una de aquellas gotas, así que osé quitarle aquellos granitos. El tacto que capté de su cálida piel, electrizó mi adormecidos sentidos y ella lo debió de sentir de algún modo porque toda aquella tersura se erizó.

-No hagas eso, me desconcierta.

-Lo siento, no estaba en mi ánimo molestarte.

-No he dicho que me moleste, he dicho que me desconcierta.

-...

-Necesito una ducha, hace mucho calor. Me duele la espalda horrores ¿me ayudarías frotándome la espalda?

-Ahora me desconciertas tú.

-Yo también sé jugar a tus juegos.

Aquella gota de sudor quedará impregnada en mis retinas hasta el día en que pierda la vista o la vida.

lunes, 13 de agosto de 2012

Falta personal.


FALTA PERSONAL— (Bueno, vamos a comenzar esta pequeña idea, que esperemos que acabe en un best seller de la hostia. Sin más, dedico este experimento a mí mismo y a mi acompañante silábico. Entre los dos no sé si escribiremos algo, pero nos vamos a reír la de dios, je, je)



FALTA PERSONAL. –Que la tire Epi, pensé para mí. Esto es lo que rezaba el cartel a pie de obra. Obra magna, todo hay que decirlo, compuesta de: gran agujero terrenal, que parecía desembocar en el mismísimo infierno, que en el fondo así era, y poco más. Caseta de obra, materiales de construcción esparcidos como si del cielo hubieran caído y dos operarios que por su figura parecía que no hubiesen comido en días, o, que no hubieran dejado de beber en meses.



Estos disimulaban su laboro haciendo ruido como si el rio que sonara algo llevara (además de agua naturalmente). Mis piernas me llevaron, ordenadas por el estómago, hacia la oficina de contratos (caseta de obra) De ella salía una música melodiosa y acompasada, siempre tuve yo muy buen oído para lo musical. El ahora pasodoble español me hacia caminar al ritmo. La verdad, parecía tonto caminando al ritmito con las pintas de muerto de hambre que llevaba, que menos muerto, en lo demás llevo razón, quiera usted o no.



El hambre que me acompañaba desde días atrás y el dormir con un ojo abierto para que no te roben lo poco que te queda, proyectan en uno una imagen harto deplorable, pero mi vida hasta aquí la contaré en otra ocasión. Llegando al umbral de la puerta me asomé con disimulo (como quien quiere investigar para luego robar), manías de uno.



Lo que vi no tenía parangón en Oregón (nunca entendí el sentido de este tipo de rimas hasta que mis ojos tomaron contacto visual con aquellas carnes). El corazón se me para, ¡qué culo! Y en él, posada, una mano compuesta de: palma, cinco dedos y dos aros de oro, aderezados con un rubí y un zafiro. Otra cosa no, pero la vida me ha enseñado a diferenciar entre materiales preciosos y mimetismos varios, y no me llamen ladrón o ratero, que no lo soy, que si lo fui, pero no ratero, sisador más bien, tesorero de lo ajeno, guardián de lo no propio.



En mis cosas estaba yo, esto es, absorto mirando cómo se movían las carnes de aquel culo entre pasos al compás y apretujones de la mano del potentado. Mano, porque no decirlo, que pertenecía al mismísimo encargado de aquel magno proyecto (mas tarde me enteraría que la obra llevaba así tres años). Ante el deleite de contemplar aquel amasijo de carnes ceñidas en qué importa que prendas (lo dejamos a gusto del lector) me dejé llevar por mis ojos y el hasta entonces disimulo, pasó a ser una descarada mirada con medio cuerpo dentro de la oficina (caseta de obra) con los ojos como platos, babeando y con el corazón a medio gas.



-¿Qué desea? Dijo una voz masculina (si yo no abrí la boca, bueno, abierta estaba, pero los únicos sonidos que emitía eran unos gemiditos imperceptibles de gozo, entonces solo quedaba la opción del boss).



El culo, del susto, pego un saltito y todas sus carnes la acompañaron, quedándoseme el corazón, otra vez, parado unos instantes ante ese prodigio de la naturaleza. Y en un gesto que solo Zidane realiza con tanta elegancia, se giró ciento ochenta grados sobre un solo tacón y mostró ante mi toda su fisonomía, a la par que su mano apagó el receptor de ondas hertzianas, generando esto un temblor en toda ella en general (y en su frontal en particular) que me obligó a darme un golpecito en el pecho para volver a poner en marcha mi motorcito. ¿Para qué detenerme en detalles sobre el monumento que las carnes de esta mujer conformaban?. Botero la tendría en un bote, je je. Una Ibérica de tomo y lomo (sobre todo lomo). Sorprendente, emocionante, arrebatadora, apasionante. En dos palabras, MADRE MÍA. Tuve que carraspear para evitar que se me volviera a calar el corazón. También tuve que bajar la vista y todo lo demás para contestar a la pregunta formulada mientras Victoria (aunque no sabía su nombre hasta ahora, en breves momentos lo sabría) se arreglaba el escote.



-Muy buenas tardes (no acostumbro a madrugar), no era mi intención molestarles pero al ver el cartel me supuse que no eran ustedes aficionados al baloncesto…



El señor encargado no movió ni un músculo facial y por un momento el humo de su Farias pareció detenerse. Dándome cuenta de que la broma no tuvo el efecto deseado, volví a empezar.



-Ejem, ejem. Muy buenas tardes, al ver el cartel supuse que estaban necesitados de mano de obra (barata, yo me ajusto a cualquier sueldo)



-Así es. ¿Qué sabe usted hacer?



-De todo un poco



-O sea, nada de nada



Me mosqueo, aunque ahora mismo tenga una cara de tonto…



-No hombre no. Soy traidor ordenador, aprovechado aplicador, esforzado labrador y cargador ganapán.



-Mi nombre es Tomás Cáliz Mordaz, estará a prueba unos días, comienza usted mañana a las siete de la mañana, traiga ropa de trabajo.



-¿No tienen turno de tarde?



-Victoria (¿no les dije que en breve sabría su nombre? Es que ustedes, los lectores, son muy impacientes) anota los datos de este madrugador, aunque quizá no venga mañana.



-Gracias don Tomás. Muy agradecido.



-Cuando acabes con este peonaco puedes cerrar e irte. Tira la bolsa de la basura, yo tengo que ir a buscar a los niños. Mañana te agarro.



-Buenas tardes.



-Buenas tardes.



-Buenas tardes.



-Buenas tardes.



¿Y esa cuarta voz? El señor Cáliz parece no darse cuenta y se va. Se oye arrancar un coche y una leve derrapada de salida, no de frenada. Miré a Victoria y detecté un rubor en su cara, al tiempo que se escucha una voz de ultratumba:



-Mami, me hago pis.



Victoria se levantó y abrió un armario y de él salió un ángel en forma de niña. Una personita de ojos grandes y claros.



-Perdone, no tenía con quien dejarla y no tuve otra opción, no la voy a dejar solita en casa.



-Sin duda, sola en casa no.



¡Qué voz más dulce tiene esta mujer!



-Por favor no le diga nada a Don Tomás, se enfadaría.



-Faltaría más.



-Laurita, ¿no te hacías pis? Corre que voy a tomar los datos a este señor. Siéntese por favor, un segundo.-busca documento impreso para nuevo contrato.- Aquí está. Dígame su nombre.



-Jeremías Tuto.



Por carecer carezco hasta de segundo apellido, y el único que tengo por parte materna, materna soltera, es el de una mujer dada a la mala vida para poder dar a su churumbel algo que llevarse a la boca, además de hormiguitas, tierra, palos, insectos varios, arena, hierba, cagaditas de oveja (agggg) cal, renacuajos, flores y piedras. Claro, así tengo yo acostumbrado el estómago a comer porquerías varias guisadas o no.



Y como tuto el mundo se la cepillaba por poco peculio y al carecer yo de abuelos conocidos, el amable cura la llamaba Tutona (hasta el cura le pasaba el cepillo) De ahí mi mísero apellido. Nada reprocho a mi madre que ahora descansa en el mausoleo familiar a la sombra de un vencido roble en el cementerio más ruinoso de la ciudad en la que se desarrollan estos hechos. Así estoy yo ahora, solo, indefenso, famélico, descuidado, necesitado, indigente, pordiosero, abandonado, limosnero.



-¿Dirección?



Hubo aquí un silencio (valorativo por mi parte)



-Parque mis Palomas.



Está mal que lo diga, o quizá les dé asquito, pero de momento son mi fuente de alimento. A la estaca están bastante bien. El desacierto está en el caldo, nunca doy con el tinto ideal para este tipo de bocado.



-¿Parque? Plaza ¿no?



-No, no. En el mismo centro. Verá señora…



-Señorita.



-Perdone, señorita. Usted carece de ciertas comodidades y yo carezco de todas (¿señorita? Dato positivo, no sé para qué, porque ¿Dónde voy yo? Pero aún así, buen dato).-Hubo aquí otro silencio (valorativo por su parte)



-Entiendo con esto que me dice que vive usted al raso...



-Digamos que la bóveda celeste es mi techo y la madre gaia mi lecho.



-Mi hermana trabaja en un centro de asistencia social. La llamo ahora para que me dé una dirección provisional. A don Tomás no le hace gracia el trato con mendigos.- Se levanta regalándome un panorama de toda ella a la que creo que nunca me acostumbraré y hace un aparte buscando privacidad para la llamada. En un rápido intercambio de palabras obtiene resultados y me da un notición.



-Ha tenido usted suerte. Mi hermana tiene un piso en alquiler y el inquilino ha dejado el piso hace dos días. Puede usted disponer de él una semana sin cargos.



Mi silencio con respecto a Laurita obtiene recompensa, es lo que tiene ser infractor de nacimiento, acaba siendo muy fácil reconocer a tus iguales.



-Déjeme su documento de identidad, su tarjeta de la seguridad social y si dispone de carnet de conducir, también por favor.



-Tenga.



Le cedo la documentación requerida. Y se estira hasta el xerocopiador del que emana una luz divina que hace que se transparente su ropa, dejándose entrever la parte de su anatomía que hasta ese momento se me antojaba pudenda y ahora se revelaba obscena. Mi hambre se acrecienta y en ese momento un rugido enorme de mi estómago hace que gire su cabeza hacia mí, descubriendo mi mirada posada en ella. Sonríe y me dice:



-Espere. Tengo un par de bocadillos que no me comí hoy, se los puede llevar para entretener el gusanillo del hambre. Le diré a mi hermana que le prepare algo de cena. Se llama Goretti. Es un poco enérgica pero en el fondo es muy cariñosa y todo lo que cocina está muy rico.



Uno nunca deja de sorprenderse: trabajo, techo y comida en un solo día. ¡Quién sabe qué más hasta la llegada del ocaso! Me da los bocadillos y desenvuelvo uno con recato y lo devoro delante de ella sin mesura.



-A mi hermana le vas a caer muy bien. Ella hizo esos bocadillos. Voy a tirar la basura, tengo que cerrar. No te puedo llevar, pero la dirección de Goretti es Avenida de Portugal 70, 7º.



Se dirige a la mesa de don Tomás y recoge la bolsa. Por una esquina rota intuyo ver algo que me es muy conocido. Todas mis alarmas interiores se encienden. El estómago se detiene y mis pupilas se contraen. El cazador está al acecho.



-Muchísimas gracias, creo que voy a guardar el otro bocadillo. De todos modos hasta dentro de una hora no sé si voy a poder llegar hasta casa de Goretti.- Necesitaba ganar tiempo y una hora me daba margen de hora y media hasta controlar la maniobra impecable en la que estaba meditando. Sonrió y esta vez su sonrisa me pareció enigmática.



-No tengas cuidado. El piso es contiguo a su vivienda. Te estará esperando. -Bien, mejor que mejor. Dos horas de margen y llegaré a su casa todavía a una hora prudente.



-Hasta mañana.



-Hasta mañana. -digo mientras la veo alejarse un momento hasta el contenedor. Me giro y me pongo en marcha en dirección opuesta al tiempo que paso al lado de un utilitario descapotable último modelo. Camino unos cincuenta metros y escucho arrancar el coche. Se pone en marcha y al pasar a mi lado me saludan Victoria y Laurita. Devuelvo el saludo y aminoro el paso hasta que desaparecen por una esquina y entonces me giro ciento ochenta grados y corro hasta el contenedor de basura del que saco La Bolsa. Sí, con Mayúsculas. Lo había vuelto a hacer, pero en verdad estaba en la basura y no era de nadie, así que no había nada reprobable en llevárselo. Necesitaba una cabina de teléfono y había una cerca. Corrí hasta ella y saqué una tarjeta que tenía en el bolsillo del pantalón. Decía:



David Jiménez Heredia

Reciclamos chatarra. Liquidamos Stocks.

Outlet domingos en el Rastro

C/Tío el Pera s/n Asentamiento Romaní.

Polígano industrial



Llamé al número que indicaba y respondió el señor Jiménez:



-¿Dígame?



-He visto su número de teléfono en una furgoneta.-mentí, hablando en panocho.-Acabo de hacer limpieza en la carbonera de casa y he dejado al lado del contenedor de la basura tres bicicletas viejas y varias herramientas viejas oxidadas ¿Estaría usted interesado? Hace muy feo ese montón de chatarra en la calle.



David es un gitano estático como un tejo plantado al lado de una iglesia. Hasta que las palabras chatarra, herramientas, dinero o negocio son pronunciadas. Detecté inmediatamente como se activaba todo su ser y contestó:



-Desde luego que estoy interesado. Dígame la dirección.



-Calle Ezcurdia 125. No tiene pérdida es el único contenedor que hay.



-Lo conozco. Llegaremos en un cuarto de hora. -La furgoneta la conduce su mujer. El solo se pone a los mandos de un vehículo cuando viaja al volante de su bemeuve. Siempre tuvo espíritu de potentado.- Muchas gracias.-(Caló sí, pero educado más, muchos años de trato al público y muchas bregas al respecto del precio de unas bragas, con cientos de señoras dispuestas a pelear hasta un duro por docena.



Perfecto. La mano va sola a la bolsa y busca algo del tamaño adecuado. Solo sale un billete de cincuenta. Lástima, demasiado grande, pero servirá. Voy hasta la parada de taxis más cercana y después de caminar diez minutos llego hasta ella. Allí me encuentro con una señora leyendo algo de Corín Tellado. Entro en el taxi.



-Buenas tardes, ¿podría acercarme hasta el corte inglés?



-Buenas tardes, como no ¿por dónde le llevo?



-Vaya por la ronda.



Arranca el vehículo, engrana primera y arranca. Llega al centro comercial y me dice:



-Son 14,50



-Le doy una buena propina si me espera- le digo mientras le extiendo el billete. Pone cara de sorpresa (no se esperaba que el capitán andrajos se portara tan bien con el bote de propinas)- le dejo mi equipaje, salgo en un momento.



Entro raudo y veloz y me dirijo corriendo hacia la sección de maletas. Allí escojo un petate militar que se adapta perfectamente a lo que necesito. Pago con el billete y salgo como una exhalación. Al llegar al taxi tomo mi equipaje y lo estibo en el petate. Pago a la choferesa y me dirijo a la parada de autobús. La vuelta del taxi me ha dejado dos monedas. Suficiente para llegar a casa de Goretti. 

Y entonces mi mano toca un bulto en el bolsillo de mi castigada chaqueta ¡El bocadillo! Toca reponer fuerzas y como no es plan desatar miradas entre los demás usuarios del transporte público, lo desenvuelvo con cuidado y pongo atención en comerlo con templanza. Inútil, el ansia devoradora se vuelve a desatar y en cuatro golpes de mandíbula desaparece de mis manos. Una señora que está a mi lado saca del trance que la escena del bocadillo causa a su hijo.



-Kevin, ¿ves lo que le pasa a la gente que no estudia? Se convierten en despojos.



Sonrío a la señora. No le puedo echar en cara que aleccione así a su hijo. Si Natividad Tutona hubiera tenido unos conocimientos mínimos de protocolo, yo no habría dado el espectáculo del bocadillo en la parada del urbano. Tampoco habría desalojado de mi estómago el aire ingerido junto con el bocadillo de un modo tan violento. Esto (el regüeldo), hizo palidecer a todos los usuarios del transporte urbano y estoy seguro de que todavía hoy algunos de aquellos proletarios del transporte lo recuerdan como algo traumático. Fue demasiado y no era conveniente que alguien se acordara de mi cara, mi vestimenta y el equipaje que portaba. Así que me puse en pie y decidí poner mi aparato locomotor en marcha.



Aquel petate pesaba y no era plan llegar con él a zona desconocida. Era vital encontrar un centro de operaciones. El próximo paso era encontrar un zulo. Camino de casa de Goretti encontré una cafetería. Bien, el diario me ayudaría en mi objetivo. En la barra había un caballero que pegaba con el ambiente de la cafetería. Caduco, gastado, sucio, con la camisa transparente de años de lavadora y unos pantalones de pana caqui llenos de lamparones, con el tiro más cerca de las rodillas que de la entrepierna en si. El mueble bar era un espejo con docenas de baldas de cristal que en algún momento, hace veinte años cuando se limpió por última vez, debió ser brillante. Las botellas eran marrón nicotina y había un cartel que anunciaba las delicatesen de la casa “AY RANCIONES”. Nada desentonaba, yo mismo parecía parte del decorado.



-Buenas tardes, póngame un cortado cuando pueda.



El camarero se puso en marcha con una parsimonia solo propia de un prejubilado sabedor de que su ritmo no impediría la llegada de la pensión el día uno del mes. Alargué el brazo hasta el diario y lo abrí por la parte de los anuncios por palabras. Se alquila, buscaba yo, y tras pasar dos hojas con cientos de ofertas de venta llegué hasta donde yo tenía interés.



Se alquilan trasteros. Razón Hermenegilda Cotelo.



-¿Podría prestarme un bolígrafo?



Con gesto de hastío el garçon abandona la cafetera mientras el vapor calentaba la leche en la jarra. Se acerca a la caja y me alarga un bolígrafo con desdén. Si el Barón Bic hubiera visto aquel bolígrafo, no hubiera inventado semejante artilugio. Sucio, pegajoso y mordido como el hueso de un perro de las favelas de Rio.



-Gracias-le dije pensando en la jarra de leche que rugía como si fuera el motor de un deportivo.



Él no debía de pensar en lo mismo porque se volvió a dirigir a la cafetera con mucha calma. Apunté la dirección y el número de teléfono en una esquina del diario y me dirigí a la toilette con mi equipaje. Un espectáculo, ¡Qué taza! ¡Qué lavamanos! Pero me daba igual, lo que buscaba estaba en el petate. Por primera vez pude echarle un vistazo al hallazgo. No había billetes de menos de cincuenta y eran excepción. No sé si fue el vértigo que este panorama me causó, o el hedor que emanaba del muladar que el dueño del negocio tenía por aseo, pero una arcada se asomó a mis labios. Contuve el aliento y cogí de la bolsa un billete de cincuenta y cinco de doscientos, bastaría. Salí del baño y pagué el café con las monedas del taxi. El café hervía, como sospechaba antes de acercar la taza a los labios, así que arranqué la esquina de la hoja en la que había anotado los datos que precisaba y dirigí mi mirada hacia mi muñeca izquierda simulando que la hora del reloj (que no tenía) me apremiase a marcharme.