jueves, 16 de agosto de 2012

Dos cascos y una cresta.


Desde que el cachorro llegó a mi vida (hará la semana que viene diez meses) no había tenido ningún tipo de proposición, pero hace dos semanas un antiguo conocido que me encontré por la calle, me miró con ojos de deseo y me comentó que había un concierto en una pequeña sala no muy elegante, aunque bastante decente. El tipo es guapete, bastante masculino y muy relamido de formas. No se puede tener todo. La idea del concierto me gusta mucho, porque me da la escusa para sacar esas ropas del armario que tanto tiempo hace que tengo aparcadas, aunque los pantalones me dieron un poco de guerra (no se gesta un vástago sin que eso penalice la figura) En fin, nada que unas tijeras, un par de añadidos en forma de cuchillo en los costados y un poco de aguja no puedan solventar. La chaqueta de piel también necesitó ayuda,  esponja y crema para las manos. Parece que solo han pasado por ella un par de años y no veinte. Es curioso, pero ahora que queda poco para la hora de la cita estoy nerviosa, creía que este tipo de vértigos desaparecían pasada la adolescencia, o cuando una se divorciaba del cabrón responsable de la infelicidad de mi muela rota. La ducha me quiere en forma de finos hilos de agua y el guante de crin arranca de mi piel el cansancio en forma de sudor . Debería haberme depilado, pero la semana no me dio ni un par de horas de tregua, así que la cuchilla será mi aliada esta noche ¡Mierda! Siempre me pasa lo mismo en la rodilla, la marca de las dos hojas otra vez. Tampoco es para tanto. Toca salir de el angosto cubículo de la ducha, me molesta este baño tan pequeño, pero me he acostumbrado a él y hoy lo he hecho un poco más confortable para la ocasión. Un radiador fuera del baño y un perchero hacen las veces de galán de noche y entre los dos cuidan de mi albornoz con dibujos de Mafalda y de mis zapatillas con pompones rosa. El albornoz y las zapatillas me lo agradecen con un cálido abrazo, repetiré el truco. Frente al espejo, me doy cuenta de que el pelo necesita más atenciones de las que me puedo permitir, el secador y la plancha para el pelo no van a poder terminar a tiempo, así que a grandes males, grandes remedios. La gomina y el peine conformarán una cresta que hace años que no orla mi cabeza y que hará buenas migas con los vaqueros negros reformados y la cazadora de piel. Me gusta la idea y me sugiere otra para el maquillaje. Unas dramáticas sombras negras y rosas como aquellas ochenteras bailarinas que acompañaban a Robert Palmer, acabarán de enmarcar a una punkarra con ánimo de guerra. Es curioso, pero se me eriza el deseo y la piel de la espalda. El relamido este se va a enterar de quien soy yo esta noche, ya le puedo gustar, o no le vuelvo a dirigir la palabra en la vida. Suena el teléfono y Sara me comenta que el leoncito cenó y que duerme a cuerpo de rey. Maldito cabrón adorable, conmigo no te habrías dormido hasta dentro de una hora. Toca vestirse ¿Braga o tanga? Naturalmente, tanga. A juego con el sujetador, un precioso Selmark azul turquesa ribeteado de encaje. Una camiseta gris marengo, sin mangas, ajustadísima, con tirantes anchos. Punky y rompedora, pero no menos recatada. El pantalón sin abotonar (arreglar la cintura no está entre mis habilidades) pero sujeto por un cinturón que disimulaba el fallo. Por último las botas, unas Doc Martens negras que hacía años que las tenía escondidas en el fondo de la zapatera del armario. Me miro al espejo, de repente no me gusto tanto, pero no hay vuelta atrás, no hay tiempo para cambios, así que toca revisar la mochila de tela vaquera que hace las veces de bolso. Llaves, maquillaje de emergencia, teléfono, pañuelos de papel, tabaco, mechero, chicles, cartera ¿llevo dinero? sí. Está todo, ya te puedo gustar, idiota relamido. Salgo de casa, giro la llave un par de veces y bajo a toda velocidad por las escaleras, espero llegar a tiempo, voy un poco justa. Al salir del portal, me llevo una sorpresa, el idiota está allí esperándome con dos cascos en la mano y en un primer golpe de vista no me reconoce, un segundo después entre balbuceos me dice:
-Estás fantástica.
-Gracias ¿No habrás venido a buscarme en moto?
Me miró a la cresta y dijo:
-No, son los cascos de un amigo, que se los estoy sujetando hasta que vea a una mujer guapa, pero ya no los voy a sujetar más.
Ya no me pareció tan relamido. Aquella estupidez que dijo me gustó.
-Sube a mi casa, dejamos los cascos y a la vuelta los recoges.
Se ruborizó cuando pasé mi brazo por debajo del suyo camino del portal.

3 comentarios:

  1. Me está sorprendiendo gratamente esta faceta tuya, me gusta!!! ;-)

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    1. Vaya! Pues me alegra, nunca sabe un que es del gusto de los demás.

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  2. El cachorro es un leon ya y el concierto no ha hecho más q empezar ;)

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