martes, 19 de marzo de 2013

El consultorio.


Vuelvo a visitar al galeno en mejores condiciones físicas (que no mentales) y me siento a leer un rato cerca de Remedios (aunque no sé su nombre, pronto lo sabré) porque la cosa va a tardar, pero un poco nada más. Cuando han pasado ante mis ojos unas cuantas hojas de paz y tranquilidad y comenzando a cebarse Morfeo en mi, se sienta a mi lado Petra, que con gran alharaca y estrépito le relata a Remedios que en la comunidad nadie paga, que su yerno está en el paro y es un vago, que su sobrina estudia mucho... Y entonces interrumpo el ruido con un ruego en favor del silencio en la sala de espera. Pero claro, las señoras no estiman que estén provocando tanto escándalo y menos si la observación proviene de un individuo con barba de quince días y ojeras cuasi fosforescentes. La cháchara se alarga diez minutos y la enfermera llama a Petra. ¡Albricias! ¡Se acabó la agonía! Pero Petra resuelve sus asuntos en un abrir y cerrar de ojos:

-Que solo venía a por unas recetas, Remedios...

-Y si lo tienes resuelto, ¿Por qué no te largas a ayudar a tu sobrina a sacar Matrícula de Honor?

Cosas que se piensan, pero no se dicen. Por fin Petra ahueca el ala y uno piensa que vuelve la tranquilidad, pero en plena sala de espera, el teléfono de Remedios suena. Se me ocurren mil sitios donde podía estar ese teléfono metido, pero no verbalizo ninguno en concreto. La conversación con la operadora de Movistar transcurre a grito pelado. La escuchamos todos. A ese volumen ¿para qué querrá un teléfono? Se produce una separación entre mi cuerpo y mi espíritu y la doctora pronuncia mi nombre por el interfono. Cruzar la puerta es como pasar al paraíso.

-¿Que tal te encuentras hoy?

-Acaba de dejar de dolerme todo.

Da igual a cuantos imbéciles mates, siempre hay más.

El pan

La cola de la panadería rebasa lo razonable y uno piensa que todos van a hacer la compra a la misma hora. Pero después de cinco minutos de lento avance, cuando el escaparate queda a la vista, me doy cuenta de que el problema estriba en que el gerifalte del negocio ha decidido que la clientela puede perfectamente esperar por el pan haciendo fila en la calle en invierno si así se ahorra un sueldo. Hay una única dependienta atendiendo. Ya no ansías el pan que has bajado a comprar, solo poder entrar buscando refugio a los seis grados de temperatura y la lluvia que blandamente hace pesar cada vez más el abrigo. 

El cambio es radical, dentro de la panadería la temperatura supera los 25 grados y la cola sigue siendo cola, aún dentro del local. La gente abastece su cesta según sus necesidades o apetencias, así que cuando parece que estar el segundo de la fila es casi rozar la meta, el cliente que me antecede surte con parsimonia su ansia por empanadillas, mini napolitanas, croissants, pastelitos varios y por supuesto, pan. Acaba justo antes de que yo empezase a pensar en asaltar mediante alunizaje la nevera de bebida fría. Esto no puede ser tan difícil, voy a servirme más rápido que nadie: 

-Una barra de cuarto.

-No tenemos cuartos. 

Claro, las panaderías ya no son lo que eran (¿recordáis cuando aparecieron las boutiques del pan?, pues esta panadería es una boutique del pan) y el pan tampoco es lo que era (eso de los cuartos y los medios ya no existe, ahora al pan lo llaman sonrisas, trenzas, baguettes, de leña, chapatas, lacitos, espigas...)

-Pues ponme una trenza. 

-¿Poco cocida, muy cocida, con sal, sin sal, de escanda, para diabéticos...?

 Aquello doblega mi decisión inicial y señalo una en concreto sin importarme nada más que huir de aquel templo de la estupidez lo antes posible. Pago religiosamente los 80 céntimos y levito entre la lluvia hasta guarecerme en casa con la trenza. En la cocina de casa recuerdas lo bueno que era el pan cuando eras pequeño al llevarte un pellizco de la trenza a la boca (jamás fui partidario de cortar el pan con el cuchillo). A la hora de la merienda la trenza está chiclosa. A la hora de la cena la trenza es una contundente arma arrojadiza. 

Me han robado 80 céntimos y el dueño de la cadena de boutiques está ahorrándose un sueldo, como mínimo, por tienda. Así se vuelva celíaco.

viernes, 8 de marzo de 2013

No eres un buen mecánico.

No dominaba la poesía, siempre fue de prosa (prefirió los manuales de usuario a la literatura) pero ahora quería explicar esa parte de la máquina que no funcionaba y no podía. No entendía que era exactamente lo que fallaba, todo era perfecto (le gustaba mirarla, oírla, saborearla, olerla y tocarla) toda ella lo excitaba, pero no era capaz de encontrar las palabras para decirle "Te deseo" sin que sonaran estúpidas en su boca. Esa noche no fue excepción, sentía su calor y su olor a su lado y su tersura en las yemas de sus dedos, una leve luz de la calle se colaba por las rendijas de la persiana iluminando el perfil de esos labios que a él lo traían por el camino del peligro. ¡Vaya mierda! quería sudar pasión y solo encontró alivio en un cigarro (Faltaban cinco días para cumplir cuatro meses sin fumar, pero el ansia le pudo) Volvió a la cama sintiéndose un poco inútil y ella le acarició la mano y lo reconfortó con tiernas palabras (no recordaba cuales, pero se sintió aliviado) Ya no había nada que hacer, el sueño se había desvanecido, así que se levantó con cautela para no despertarla y tecleó en su ordenador "No eres un buen mecánico"