Vuelvo
a visitar al galeno en mejores condiciones físicas (que no mentales)
y me siento a leer un rato cerca de Remedios (aunque no sé su
nombre, pronto lo sabré) porque la cosa va a tardar, pero un poco
nada más. Cuando han pasado ante mis ojos unas cuantas hojas de paz
y tranquilidad y comenzando a cebarse Morfeo en mi, se sienta a mi
lado Petra, que con gran alharaca y estrépito le relata a Remedios
que en la comunidad nadie paga, que su yerno está en el paro y es un
vago, que su sobrina estudia mucho... Y entonces interrumpo el ruido
con un ruego en favor del silencio en la sala de espera. Pero claro,
las señoras no estiman que estén provocando tanto escándalo y
menos si la observación proviene de un individuo con barba de quince
días y ojeras cuasi fosforescentes. La cháchara se alarga diez
minutos y la enfermera llama a Petra. ¡Albricias! ¡Se acabó la
agonía! Pero Petra resuelve sus asuntos en un abrir y cerrar de
ojos:
-Que
solo venía a por unas recetas, Remedios...
-Y
si lo tienes resuelto, ¿Por qué no te largas a ayudar a tu sobrina
a sacar Matrícula de Honor?
Cosas
que se piensan, pero no se dicen. Por fin Petra ahueca el ala y uno
piensa que vuelve la tranquilidad, pero en plena sala de espera, el
teléfono de Remedios suena. Se me ocurren mil sitios donde podía
estar ese teléfono metido, pero no verbalizo ninguno en concreto. La
conversación con la operadora de Movistar transcurre a grito pelado.
La escuchamos todos. A ese volumen ¿para qué querrá un teléfono?
Se produce una separación entre mi cuerpo y mi espíritu y la
doctora pronuncia mi nombre por el interfono. Cruzar la puerta es
como pasar al paraíso.
-¿Que
tal te encuentras hoy?
-Acaba
de dejar de dolerme todo.
Da
igual a cuantos imbéciles mates, siempre hay más.
"El consultorio" o cómo condensar en unas pocas líneas la realidad de la salud mental....¡Que bien sintetizas!
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