Ya los habían inventado hace 25 años. Luis Cabeza estudiaba delineación
y no estaba muy sobrado de pasta, así que sacó la palanca de la trasera
de la furgoneta y persuadiendo a la cerradura de la persiana de la
jamonería a hacerse a un lado, se surtió. En la panadería compró cien
barras de pan y en el supermercado compró 300 latas de cerveza. Con un
cuchillo de sierra, su novia cortaba tres piezas de pan de cada barra, con un cuchillo jamonero, él cortaba jamón sin mucha pericia, sabedor
del ventajoso precio del producto. Cuando estaban los bocadillos, salían
en dirección del concierto que aquel día hubiera y en la puerta del
recinto, se vendía al público que esperaba para entrar un bocadillo y
una cerveza por quinientas pesetas. En menos de dos horas de venta
volvían a casa con 150.000 pesetas.