A medida que el tiempo ponía espacio, el ronroneo constante del motor
mitigaba el pitido del tínitus. Hay una cosa que quien no lo sufre
no comprende, es una afectación del nervio auditivo, y el ruido
ambiente y el estrés lo agudizan. Mientras los kilómetros pasaban,
todo aquel cúmulo de reproches quedaba atrás. Los gritos, el
volumen de la tele, los resoplidos al sonar el despertador, el
chasquido de la lengua al levantarse, los rechazos continuos a
cualquier muestra de afecto, ser el basurero emocional de las
toxicidades recogidas a lo largo del día. Sí, porque a ella le
gustaba recolectar todo tipo de emociones basura y luego verterlas en
su pareja y familia. Bastaba cualquier nimiedad para llevar la
mochila llena de porquería a casa: una mirada en la calle, alguien
que se cuela en la caja del supermercado, que en la oficina del banco
le pidieran un documento, que de correos llegara un aviso duplicado,
que hacienda le diera un documento equivocado, que en la cafetería
le sirvieran el café en una taza en vez de en un vaso… Todo servía
para llevar la ira a casa, y nada que se le pudiera decir para
mitigar esa furia servía. Por el contrario, lo único que pasaba es
que su ira se acrecentaba. Porque en el fondo, cargarse de ira
formaba parte de su carácter. A ella le encantaba la confrontación,
y eso pudre el trato. Se convierte en ese hongo que aparece a finales
del verano en la pared blanca, que poco a poco se va pudriendo y se
va tornando en negro, marcando las diferentes tonalidades de gris el
inicio del otoño hasta llegar al invierno de los gritos.
-¡Es
que no me escuchas! -Solía gritar.
Sí
la escuchaba, aunque hacía semanas que no estaba dispuesto a ser su
basurero emocional. Había dejado de preocuparse por la caja de la
gata, por la habitación de las niñas, por la limpieza de la mesa,
por los deberes, por los compañeros de clase, por los profesores,
por el tribunal médico, por los trámites administrativos, por sus
programas favoritos de televisión, por su vida en general. Hacerlo
sólo servía para generar una discusión de tono hostil, y prefería
ser feliz a tener razón. Estaba incluso dispuesto a rebajar sus
expectativas hasta el punto de preferir estar tranquilo a ser feliz. Y después de ochocientos kilómetros, el tínitus se había convertido
en un susurro. Aparcó el coche, detuvo el motor, salió y la lluvia
lavó su alma. Pensó que si no podía estar con quien quería, tenía
que querer a con quien estaba. Y solo, se quiso. Y llegó, después
de varios años, el silencio a su oído.