miércoles, 18 de diciembre de 2019

Camino de Santiago


La noche transcurría por la pendiente descendente de la escalera al sótano de Baco. En uno de los rellanos, la puerta del bar estaba cerrada y dentro yo tocaba en el bajo (con más ganas que pericia) wicked game de chris isaak. Sonó la puerta y el chigrero le pide a uno de los parroquianos que abra la puerta mientras sigue cantando y tocando la guitarra. Entra parte de la pandilla de los jueves y al acabar el tema y tras los aplausos y besamanos protocolarios, dicen que iban a llamarme para hacernos unos largos en la piscina de cerveza. Bueno, les llevaba ventaja, no siempre hay sincronía. Así que empieza el rondo de temas y botellas de estrella de Galicia (tengo boicoteada a la Mahou). Y cuando el afinado, los dedos y las conversaciones se empiezan a trastabillar, mi oreja capta: 

-...el mes que viene quiero ir caminando con mochila a...-. El espíritu de Baco me impulsa a interrumpir: 

-El camino De Santiago en bici, presupuesto diario de 5€. 
-Yo no tengo bici. 
-Yo te presto una.
Ya no había vuelta atrás, la semilla del viaje había sido plantada.

lunes, 16 de diciembre de 2019

Tacto y música

Así como la guitarra y el intérprete, el tacto de una piel no tiene tanta importancia como la mano que la acaricia. Sin embargo, si la guitarra está afinada, la música suena mejor.

jueves, 12 de diciembre de 2019

El abrigo verde

Casi no sabía de ella, hacía poco que la conocía y sin embargo no quería que el tiempo que transcurría entre cada encuentro se alargase, porque los segundos que se perdía su sonrisa le parecían un desperdicio, porque cada instante que no sentía el calor de su mano tiritaba, porque el césped evocaba su abrigo. Y él vivía rodeado de césped, en una casa fría y hacía dos horas que no la veía.

jueves, 5 de diciembre de 2019

Sobre el sentido común en el género humano


Era el quinto aniversario de sus nupcias y estaban en el jardín dando cuenta de la segunda botella de excelente vino, aprovechando que los niños dormían en casa de la abuela. La mujer sabía que su cariacontecido marido, de personalidad adaptable y gustos inducidos, necesitaba aliviar su mente y cuerpo cansados. Su trabajo de jefe de personal en una multinacional, tan ambicioso como agotador, bien lo requería. Vestida con encanto de noche, mostró una mueca sonriente al pensar que, tras seis días de castidad, el pobre apenas si tendría tiempo de desnudarse cuando tuviese ocasión de comprobar que sus medias cubrían hasta medio muslo.
El zumbido del móvil alertando de un mensaje irrumpió en la velada. Rebuscó en el bolso y, tras dudarlo unos instantes al comprobar el remitente, acabó por abrirlo. La ausencia de sorpresa en su rostro y la jovial espontaneidad con que devoró el texto indicaron al hombre que se trataba de un contacto habitual y cercano. Para justificar la espontánea y traicionera carcajada que le produjo la felicitación de su ex novio, le habló de él.
Aseguró que era el típico sinvergüenza que cuando ella entraba por la puerta parecían despertársele los más bajos instintos. La mujer debió malinterpretar el leve movimiento de cejas de su marido, porque enseguida añadió, en descargo de su ex, que también era capaz de decir alguna cosa inteligente, e incluso, disipar sus momentáneos enojos con comentarios ingeniosos de esos que te roban la sonrisa y olvidan el enfado. Como quiera que las cejas se arquearan un poco más, no dudó en aclarar que el tipo era un irresponsable que creía que la relación con una mujer era como la de la niña que llevamos a un parque de atracciones, sorpresa tras sorpresa, emoción sobre emoción.
El hecho de que su mudo interlocutor recargara la copa y la vaciara de un trago llevó a la amante esposa a sustituir las críticas al intruso por elogios hacia él, su príncipe azul, quien desbancara al otro sin apenas proponérselo. Un buen hombre, serio y responsable, que creía en el amor y en el fruto que éste pudiera dar, entregado al hogar y al trabajo, culto, atractivo, en fin, un cúmulo de virtudes que la rindieron al matrimonio a los pocos meses de conocerse.
Sabiendo confirmados sus tristes recelos y consciente del involuntario papel que le habían reservado en la obra, el marido, pretextando ir a buscar un regalo que portaba en el bolsillo, esa noche abandonó a su mujer, junto a los hijos, el perro, la suegra, el cuñado, la casa, el apartamento, los dos coches, su alienante trabajo e incluso la ropa, buscando renacer.
Y aunque no adquiriría conciencia de ello hasta pasado un tiempo, después de todo, ésa fue una noche de celebración.

domingo, 3 de noviembre de 2019

La diosa carmesí

Y ella, una sirena rebelde, de pelo rojo como el atardecer y ojos aguamarina, decidió salir una tarde en busca de tesoros. Tan encantada quedó, que apenas se dio cuenta de que se había perdido. Cuando intentó volver se desorientó, y nunca más volvieron a verla.

Y él, un capitán pirata, fornido y valiente, de sonrisa eterna y mirada parda, aún queriendo a su esposa fielmente, no pudo olvidar jamás aquella tarde que salió a respirar en su barco y se encontró con ella en medio del mar, con su pelo rojo.
Asomado a la ventana, mirando el atardecer, meditó sobre el tiempo que hacía que no lucía tan rojo como aquella tarde, como aquel cabello. Y salió a buscarla.
Esa tarde el destino quiso jugar sus cartas, y el Capitán la escuchó cantar.

La diosa carmesí.

Conversaciones que nunca tuvimos

A medida que el tiempo ponía espacio, el ronroneo constante del motor mitigaba el pitido del tínitus. Hay una cosa que quien no lo sufre no comprende, es una afectación del nervio auditivo, y el ruido ambiente y el estrés lo agudizan. Mientras los kilómetros pasaban, todo aquel cúmulo de reproches quedaba atrás. Los gritos, el volumen de la tele, los resoplidos al sonar el despertador, el chasquido de la lengua al levantarse, los rechazos continuos a cualquier muestra de afecto, ser el basurero emocional de las toxicidades recogidas a lo largo del día. Sí, porque a ella le gustaba recolectar todo tipo de emociones basura y luego verterlas en su pareja y familia. Bastaba cualquier nimiedad para llevar la mochila llena de porquería a casa: una mirada en la calle, alguien que se cuela en la caja del supermercado, que en la oficina del banco le pidieran un documento, que de correos llegara un aviso duplicado, que hacienda le diera un documento equivocado, que en la cafetería le sirvieran el café en una taza en vez de en un vaso… Todo servía para llevar la ira a casa, y nada que se le pudiera decir para mitigar esa furia servía. Por el contrario, lo único que pasaba es que su ira se acrecentaba. Porque en el fondo, cargarse de ira formaba parte de su carácter. A ella le encantaba la confrontación, y eso pudre el trato. Se convierte en ese hongo que aparece a finales del verano en la pared blanca, que poco a poco se va pudriendo y se va tornando en negro, marcando las diferentes tonalidades de gris el inicio del otoño hasta llegar al invierno de los gritos.

-¡Es que no me escuchas! -Solía gritar.

Sí la escuchaba, aunque hacía semanas que no estaba dispuesto a ser su basurero emocional. Había dejado de preocuparse por la caja de la gata, por la habitación de las niñas, por la limpieza de la mesa, por los deberes, por los compañeros de clase, por los profesores, por el tribunal médico, por los trámites administrativos, por sus programas favoritos de televisión, por su vida en general. Hacerlo sólo servía para generar una discusión de tono hostil, y prefería ser feliz a tener razón. Estaba incluso dispuesto a rebajar sus expectativas hasta el punto de preferir estar tranquilo a ser feliz. Y después de ochocientos kilómetros, el tínitus se había convertido en un susurro. Aparcó el coche, detuvo el motor, salió y la lluvia lavó su alma. Pensó que si no podía estar con quien quería, tenía que querer a con quien estaba. Y solo, se quiso. Y llegó, después de varios años, el silencio a su oído.