Era
el quinto aniversario de sus nupcias y estaban en el jardín dando
cuenta de la segunda botella de excelente vino, aprovechando que los
niños dormían en casa de la abuela. La mujer sabía que su cariacontecido
marido, de personalidad adaptable y gustos inducidos, necesitaba
aliviar su mente y cuerpo cansados. Su trabajo de jefe de personal en
una multinacional, tan ambicioso como agotador, bien lo requería.
Vestida con encanto de noche, mostró una mueca sonriente al pensar que,
tras seis días de castidad, el pobre apenas si tendría tiempo de
desnudarse cuando tuviese ocasión de comprobar que sus medias cubrían
hasta medio muslo.
El
zumbido del móvil alertando de un mensaje irrumpió en la velada.
Rebuscó en el bolso y, tras dudarlo unos instantes al comprobar el
remitente, acabó por abrirlo. La ausencia de sorpresa en su rostro y la
jovial espontaneidad con que devoró el texto indicaron al hombre que
se trataba de un contacto habitual y cercano. Para justificar la
espontánea y traicionera carcajada que le produjo la felicitación de su
ex novio, le habló de él.
Aseguró que era el típico sinvergüenza que cuando ella entraba por la puerta parecían despertársele los más bajos instintos. La mujer debió malinterpretar el leve movimiento de cejas de su marido, porque enseguida añadió, en descargo de su ex, que también era capaz de decir alguna cosa inteligente, e incluso, disipar sus momentáneos enojos con comentarios ingeniosos de esos que te roban la sonrisa y olvidan el enfado. Como quiera que las cejas se arquearan un poco más, no dudó en aclarar que el tipo era un irresponsable que creía que la relación con una mujer era como la de la niña que llevamos a un parque de atracciones, sorpresa tras sorpresa, emoción sobre emoción.
El hecho de que su mudo interlocutor recargara la copa y la vaciara de un trago llevó a la amante esposa a sustituir las críticas al intruso por elogios hacia él, su príncipe azul, quien desbancara al otro sin apenas proponérselo. Un buen hombre, serio y responsable, que creía en el amor y en el fruto que éste pudiera dar, entregado al hogar y al trabajo, culto, atractivo, en fin, un cúmulo de virtudes que la rindieron al matrimonio a los pocos meses de conocerse.
Sabiendo confirmados sus tristes recelos y consciente del involuntario papel que le habían reservado en la obra, el marido, pretextando ir a buscar un regalo que portaba en el bolsillo, esa noche abandonó a su mujer, junto a los hijos, el perro, la suegra, el cuñado, la casa, el apartamento, los dos coches, su alienante trabajo e incluso la ropa, buscando renacer.
Y aunque no adquiriría conciencia de ello hasta pasado un tiempo, después de todo, ésa fue una noche de celebración.
Aseguró que era el típico sinvergüenza que cuando ella entraba por la puerta parecían despertársele los más bajos instintos. La mujer debió malinterpretar el leve movimiento de cejas de su marido, porque enseguida añadió, en descargo de su ex, que también era capaz de decir alguna cosa inteligente, e incluso, disipar sus momentáneos enojos con comentarios ingeniosos de esos que te roban la sonrisa y olvidan el enfado. Como quiera que las cejas se arquearan un poco más, no dudó en aclarar que el tipo era un irresponsable que creía que la relación con una mujer era como la de la niña que llevamos a un parque de atracciones, sorpresa tras sorpresa, emoción sobre emoción.
El hecho de que su mudo interlocutor recargara la copa y la vaciara de un trago llevó a la amante esposa a sustituir las críticas al intruso por elogios hacia él, su príncipe azul, quien desbancara al otro sin apenas proponérselo. Un buen hombre, serio y responsable, que creía en el amor y en el fruto que éste pudiera dar, entregado al hogar y al trabajo, culto, atractivo, en fin, un cúmulo de virtudes que la rindieron al matrimonio a los pocos meses de conocerse.
Sabiendo confirmados sus tristes recelos y consciente del involuntario papel que le habían reservado en la obra, el marido, pretextando ir a buscar un regalo que portaba en el bolsillo, esa noche abandonó a su mujer, junto a los hijos, el perro, la suegra, el cuñado, la casa, el apartamento, los dos coches, su alienante trabajo e incluso la ropa, buscando renacer.
Y aunque no adquiriría conciencia de ello hasta pasado un tiempo, después de todo, ésa fue una noche de celebración.
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