Es curioso como lo políticamente correcto convive en nuestra cabeza con esa bestia que procuramos no mostrar al entorno que nos rodea. También es curioso como interactúan sin entorpecerse y eso nos hace la vida más sencilla.
-Buenos días.- Le dices a la vecina del piso de arriba, mientras le sujetas la puerta y piensas: A ver si domas a las bestias, que estoy del ruido de las canicas y el patinete por el pasillo hasta los cojones.
-Y si no te importa, ponme cuarto y mitad de ternera y cerdo picado para la bolognesa.- Y por dentro estás pensando en la puerta de tu coche machacada, porque el cenutrio no tiene cuidado al aparcar en la plaza contigua a la tuya.
Sin embargo, hay veces que tu mundo interior salta a la arena del ruedo en las situaciones que menos te convienen. Porque en el fondo, que el carnicero o la vecina de arriba te odien por querer vivir tranquilo, te la suda. Pero que alguien que te importa no quiera volver a saber de ti por mostrarle tu afecto, te deja una sensación de vacío.
-Te daba hasta sacarte los ojos.- Y la estanquera me echó del local.
Ya no puedo volver a mirarle el culo cuando se da la vuelta a coger el paquete de Pueblo del estante, los hijos de la vecina de arriba siguen jugando a las canicas en el pasillo, y su marido sigue machacando la puerta de mi coche al abrir la suya.