domingo, 3 de noviembre de 2019

La diosa carmesí

Y ella, una sirena rebelde, de pelo rojo como el atardecer y ojos aguamarina, decidió salir una tarde en busca de tesoros. Tan encantada quedó, que apenas se dio cuenta de que se había perdido. Cuando intentó volver se desorientó, y nunca más volvieron a verla.

Y él, un capitán pirata, fornido y valiente, de sonrisa eterna y mirada parda, aún queriendo a su esposa fielmente, no pudo olvidar jamás aquella tarde que salió a respirar en su barco y se encontró con ella en medio del mar, con su pelo rojo.
Asomado a la ventana, mirando el atardecer, meditó sobre el tiempo que hacía que no lucía tan rojo como aquella tarde, como aquel cabello. Y salió a buscarla.
Esa tarde el destino quiso jugar sus cartas, y el Capitán la escuchó cantar.

La diosa carmesí.

Conversaciones que nunca tuvimos

A medida que el tiempo ponía espacio, el ronroneo constante del motor mitigaba el pitido del tínitus. Hay una cosa que quien no lo sufre no comprende, es una afectación del nervio auditivo, y el ruido ambiente y el estrés lo agudizan. Mientras los kilómetros pasaban, todo aquel cúmulo de reproches quedaba atrás. Los gritos, el volumen de la tele, los resoplidos al sonar el despertador, el chasquido de la lengua al levantarse, los rechazos continuos a cualquier muestra de afecto, ser el basurero emocional de las toxicidades recogidas a lo largo del día. Sí, porque a ella le gustaba recolectar todo tipo de emociones basura y luego verterlas en su pareja y familia. Bastaba cualquier nimiedad para llevar la mochila llena de porquería a casa: una mirada en la calle, alguien que se cuela en la caja del supermercado, que en la oficina del banco le pidieran un documento, que de correos llegara un aviso duplicado, que hacienda le diera un documento equivocado, que en la cafetería le sirvieran el café en una taza en vez de en un vaso… Todo servía para llevar la ira a casa, y nada que se le pudiera decir para mitigar esa furia servía. Por el contrario, lo único que pasaba es que su ira se acrecentaba. Porque en el fondo, cargarse de ira formaba parte de su carácter. A ella le encantaba la confrontación, y eso pudre el trato. Se convierte en ese hongo que aparece a finales del verano en la pared blanca, que poco a poco se va pudriendo y se va tornando en negro, marcando las diferentes tonalidades de gris el inicio del otoño hasta llegar al invierno de los gritos.

-¡Es que no me escuchas! -Solía gritar.

Sí la escuchaba, aunque hacía semanas que no estaba dispuesto a ser su basurero emocional. Había dejado de preocuparse por la caja de la gata, por la habitación de las niñas, por la limpieza de la mesa, por los deberes, por los compañeros de clase, por los profesores, por el tribunal médico, por los trámites administrativos, por sus programas favoritos de televisión, por su vida en general. Hacerlo sólo servía para generar una discusión de tono hostil, y prefería ser feliz a tener razón. Estaba incluso dispuesto a rebajar sus expectativas hasta el punto de preferir estar tranquilo a ser feliz. Y después de ochocientos kilómetros, el tínitus se había convertido en un susurro. Aparcó el coche, detuvo el motor, salió y la lluvia lavó su alma. Pensó que si no podía estar con quien quería, tenía que querer a con quien estaba. Y solo, se quiso. Y llegó, después de varios años, el silencio a su oído.