miércoles, 22 de julio de 2020

La llamada

-¿Habrá próxima vez?
-Si tú quieres y me llamas, sí.


Cogí el teléfono y marqué su número.

viernes, 15 de mayo de 2020

El conocimiento de la ardilla

En 2011 la volví a ver. Yo salí a fumar y ella pasaba por la calle, camino de casa, de vuelta del trabajo. Había pasado mucho tiempo desde que nos conocimos, ella era una estudiante brillante, de las de capacidad y tesón, de belleza mal escondida tras una media sonrisa. Increíblemente, me reconoció (quizá solo me recordaba vagamente, o mi cara le encendió una bombilla en el trastero de los recuerdos). Me dijo que le iba bien, que trabajaba en un despacho de abogados (no dijo que era abogada). En un vago "hasta la próxima", nos emplazamos a volver a vernos. Al acabar el cigarrillo, volví al bar. Tenía conectado mi notebook a la wifi del Café Gijón (no tuve teléfono con internet hasta 2017) y googleé su nombre añadiendo "abogada" a la búsqueda. Allí estaba, me invadió una sensación de satisfacción saber que su trabajo en el instituto y, posteriormente en la universidad había dado sus frutos. Hoy se reveló como una de las trabajadoras que hicieron posible que la contención del Covid en Asturias. Gracias, Carmen.

El conocimiento de la ardilla

miércoles, 18 de marzo de 2020

Capítulo II

  Corchopán en las piernas y hormigón en la espalda. La noche no fue tan reparadora como recordaba era cuando viajaba de joven. La esterilla dulcificó poco la dureza del parqué y en esas condiciones bajamos las escaleras del salón de actos como si dos robots tuvieran reuma y artrosis. Desayunamos café de combate (Nescafé y La Lechera), pan tostado con tomate en rodajas y aceite (en los albergues esas cosas se van quedando) y dos piezas de fruta. Y así comenzamos la segunda etapa. Los dolores se intensificaron al subir a las bicis (no redundaré en detalles) y la Sendero (Doña Sendero es por el modelo de la bici, Otero Sendero) estaba floja de aire en la rueda delantera. Un paso breve por la gasolinera solucionó el problema y nos dispusimos a tomar nuestro segundo desayuno, el ascenso a la segunda cumbre del viaje, el puerto de La Espina.

  El desvío estaba cerca de Cornellana, tanto que bastó seguir las indicaciones de la carretera. Y he ahí mi error, resulta que en la época gloriosa de las autovías y las autopistas, alguien pensó que era buena idea hacer una autovía que ascendiera el puerto sin avisarme, pero que harían primero los dos carriles de ida y luego los dos de vuelta. Y mientras acababan y no, los dos de ida serían de doble sentido. Así que, a mis ojos, aquello era una nacional. Y por allí nos metimos. Muy bien por el arcén, pero muy mal por el tráfico. El caso es que con los músculos de sentarse doloridos, opté por pedalear de pie. Y con las piernas de corchopán, el pedaleo era una especie de traqueteo irregular que llevaba el manillar de lado a lado del arcén. Cada vez que intentaba sentarme intentando mitigar el traqueteo, los dolores llamaban a la parte animal de mi cerebro gritando -¡En casa estabas mejor! -Y durante todo ese calvario, Doña Sendero se iba alejando a la fabulosa velocidad que su constancia parecía convertir mi avance en una aceleración del tiempo.

  Al llegar a la cima me estaba esperando vestida de lluvia, respiré un poco, miramos las indicaciones y en un par de ¡ayes! de dolor, emprendimos la marcha en busca de un poco de techumbre y comida. El pueblo de La Espina marca algún tipo de frontera, los tejados de las casas son de pizarra, no de teja. No me pude contener cuando vi unas chocoporquerías y una botella de una bebida azul, en la puerta de la pequeña tienda donde nos servimos reparamos fuerzas y valoramos la situación. La lluvia no era mayor problema excepto porque Doña Sendero no llevaba guantes. Pero entre todo mi equipaje, tenía dos pares largos. Naturalmente no eran de su talla. Por suerte, valoró más la protección que el estilismo. Y ataviados de arcoiris, como dos aves del paraíso, emprendimos un largo descenso en el que pudimos cambiar de posición entre sentados y de pie sin tener que impulsar los pedales ni una sola vez. Fue una hora de descenso hasta el pueblo de Trevías, donde paramos a desentumecer las manos, estirar las piernas y hacer compra de fruta. Creo que fue la semana que más fruta comí en mi vida y la naturaleza llamó a las puertas. Así que aprovechamos para hacer una parada en el bar donde pedí un café que me calentase el espíritu después de visitar el templo de porcelana. Con la gestión de peso resuelta, reanudamos ruta hacia Luarca. El hecho de que de Trevías a Luarca el perfil fuera casi plano y lleváramos una hora de descanso de pedaleo, imprimió buen ritmo a nuestra media. Tan fue así, que dejamos de lado una visita que me gustaría realizar la próxima vez que pase, el cementerio moro de Barcia. Buscadlo en wikipedia al menos. Luarca nos recibió con el tráfico hostil que una población saturada de coches nos tiene acostumbrados, pero la plaza Alfonso X El Sabio (debía ser el Wikipedio de la época) nos dio un respiro donde comer, beber, hablar y festejar la distancia recorrida. Unas fotos, unos mensajes a los seguidores de nuestra andanza, unos ajustes a los asientos y los manillares, revisión del mapa y nos encontramos dispuestos a seguir ruta.

Hay que decir que el camino sigue paralelo a la costa más o menos llano. Y que la llegada a Luarca es bajando. Y que todo lo que se baja hay que subirlo. ¡Y vaya si hubo que subir! De nuevo Doña Sendero impuso su ritmo, en este punto las ideas se impregnaban del espíritu del camino, se hacían peregrinas. Por ejemplo: una cuerda enganchada de su sillín a mi manillar. En medio de aquel devaneo mental, llegamos a Otero y otra bajada nos puso la gravedad en contra hasta Villuir, donde una gran recta con un leve sube-baja nos impulsó de más. Sí, de más. Nos pasamos Villapedre, donde un albergue municipal nos hubiera dado el descanso que ya empezábamos a necesitar. Y nos dimos cuenta después de bajar hasta Navia, donde nos dijeron que el albergue era privado. No sé si habréis leído que el presupuesto diario que nos habíamos auto impuesto era de cinco euros. Romperlo en la segunda etapa no era una opción, así que en la subida (muy dura, por cierto) en dirección al albergue, mi viejo radar de vivacs detectó algo atractivo a priori, la estación de tren. Hablamos con el jefe de la misma, nos informó de la hora de cierre, consultamos relojes y rápido fuimos a por la cena al supermercado. Esta noche serían albóndigas, a falta de cocina de albergue, una cocina con un infiernillo de alcohol convirtió aquella lata en un manjar. No teníamos ducha, pero dispusimos del baño de la estación como mejor pudimos y de nuevo, los sacos y las esterillas nos abrazaron hasta que el peso de los párpados venció el miedo a la intemperie. Buenas noches, compi.

domingo, 15 de marzo de 2020

Capítulo I

Por delante teníamos cerca de 70 kilómetros y yo particularmente hacía quince años que no pedaleaba con regularidad. Hubiera sido aconsejable salir de Gijón a las siete de la mañana, pero los perdularios no somos previsores y no teníamos las credenciales que hacen falta para pernoctar en los albergues, así que a las diez estábamos solicitándolas en la oficina del paseo de fomento y nos pusimos en marcha. Lo mejor que se puede decir de los kilómetros desde Gijón a Avilés es que son perfectamente prescindibles, es uno de los peores paisajes que un viajero puede encontrar (altos hornos, central térmica, cementera... Paisaje industrial maloliente en definitiva, si vuelvo a hacer el viaje, ese tramo lo haré en tren). Una vez llegados a Avilés, tocó reponer fuerzas y hacer compra para la tarde. Mientras yo hacía de perro guardián de las bicicletas, Doña Sendero se encargó de la intendencia. Un plátano, un yogur y un kiwi sobre la marcha. Soy muy especial para los plátanos, no los suelo comer porque me gustan maduros. Y aquel plátano crujía, haber escogido intendencia, listo. Con más kilómetros basura en las piernas de los que nos gustaría y con un dolor de piernas (pero sobre todo de culo) que ya no nos abandonaría en lo restante del viaje, iniciamos el ataque al ascenso a La peral. Aunque la carretera tenía más gracia que el tramo desde Gijón a Avilés, el tráfico intenso obligaba a estar concentrado en rodar por la linea blanca de la derecha (puesto que el arcén era inexistente). Por otra parte, el escaso mantenimiento provocaba que por debajo de los quitamiedos salieran ortigas como las manos una banda de navajeros, así que hasta que escapamos de la cruz de illas, no tuvimos descanso. Pedaleamos con el ímpetu del deseo de aventura y el desánimo del desentreno. Y de resultas de esa mezcla, tuvimos que parar a jadear a la altura del cruce con la IA-4. Un cruce en el que no había nada reseñable, salvo una vivificante fuente de agua fresca y una casa detrás de la que el equipo se deshizo de la ropa interior (los ciclistas saben el dolor que la ropa interior produce con el sillín y el culotte). De la casa que nos sirvió para el furtivo deshabillé, salió un pequeño habitante intrigado por el ruido de nuestra conversación. Quizá tímido, quizá de pocas luces, o tal vez sufridor de muchas insolaciones, de inmediato entró en la casa y advirtió a la madre de la presencia de extraños, lo cual nos vino bien, porque pudimos ponernos al día de la distancia que nos quedaba de subida. Y de nuestro paupérrimo estado de forma, habíamos parado a 600 metros del pueblo de La peral, ¡qué desastre! Aún así, no dejamos que el dato menoscabara nuestro ánimo y nos lanzamos como gamos renqueantes a lograr nuestra primera minicumbre de la aventura. En este punto tengo que aclarar que yo tenía la esperanza de que el hecho de haber rodado en bicicleta en el pasado tuviera algo de peso frente a un titán del asfalto que corría carreras de media distancia hasta hace poco. Era como un motor diesel: lento, constante e imparable. No me quedaba más remedio que levantar la cabeza y ver como aquellos dos pistones movían sin parar los pedales y se alejaba de mi a la inalcanzable velocidad de cero por hora, mientras yo sólo podía agachar la cabeza con la esperanza de que en esa posición no me diera un vahído. Pasamos La peral con las cacharras de agua llenas y la figura mínimamente erguida, lo suficiente como para ver que es un pueblo próspero, en el que se nota que los vecinos cuidan de sus casas y el entorno y seguimos ruta camino de Reconco.

-Este pueblo se llama Reconco porque aquí en la edad Media quemaron a una mujer del pueblo en una vara de hierba alegando que era bruja. Y al año siguiente, en la época de la siega, se le apareció al cura y desde entonces le reconcomió la conciencia.
-Te lo estás inventando ¿No?
-Sí.

Todavía me pregunto en qué lo notaría, Iker Jiménez habría tragado.

La argañosa, Las pandiellas y Candamo son tres pueblos encantadores que pasamos anestesiados por el anhelo del descenso que aparecía en el perfil de la ruta y que cuando llegó, como siempre, supo a poco. Aunque fue el mejor aliado que pudimos tener para llegar con el ánimo en alto a Pravia. Y no menos alzó nuestro ánimo encontrar un supermercado en la entrada de la localidad, aunque claro, veníamos con sed y no de agua. Y algo de lo que uno no es consciente hasta que hace vida nómada, es que la bebida en los supermercados no está fría. Así que tocaba buscar un templo donde rezar unas oraciones, dos Estrellas de Galicia y unas aceitunas nos impuso el sacerdote. Y así, reconciliados con Baco, llenamos las cacharras de agua y volvimos sobre nuestros pasos camino del supermercado donde compramos lo necesario para que la merienda fuera contundente y ligera al tiempo. Pan, fiambre, queso, un par de piezas de fruta y buscamos un parque con sombra, unos pies negros pata negra, valga la redundancia.

-¿De qué vivirá la gente aquí?
-Pues no lo tengo muy claro, pero con todos los árboles que hay, debería haber industria maderera. Aunque no vi nada de camino.
-¿Habrás traído la bolsa de las fiestas?
-Sí, en la alforja delantera ¿Quieres montar una?
-No, mejor para dormir ¿donde vamos a dormir?
-Cornellana es un buen sitio y está a menos de quince km.
-Pues en marcha, que me empieza a dar pereza.
-Vamos.

Por el camino intentamos sin mucho afán encontrar algo que no nos obligase a pedalear más. Pero el único pórtico que vimos vivaqueable, estaba tomado por el coche de un vecino de la iglesia que no iba a mover ni un pelo y mucho menos el coche por hacernos el favor. Así que mansamente desembocamos en Cornellana y serpenteando por sus calles compramos una lata de lentejas, un par de tomates, fruta y pan para el desayuno e hicimos meta en el Monasterio de San Salvador de Cornellana.

No había sitio. Es decir, no quedaban camas, a nosotros nos servía un techo, incluso la cocina cuando todos cenasen. Ante tan baja exigencia, la alberguera se apiadó de nosotros y nos dejó dormir en el parqué del salón de actos. Bien, desmontamos alforjas, montamos esterillas y sacos, cogimos la ropa de limpio y el neceser y nos quitamos la mugre. Todo muy normal, hasta la hora de la cena. El caso es que mientras preparábamos nuestra cena, alguien se había dejado la suya preparada encima de la mesa y Doña Sendero inicia la siguiente excusa matahambres:

-Mira, esto debe de ser cortesía del albergue para los peregrinos. -Yo intuía que no, pero tenía ganas de ver acción, así que le di impulso.
-Claro que sí. -Y se sirvió. Y se dio la vuelta. Y se sirvió una ración de nuestras lentejas. Y yo vi llegar a los claros dueños del minestrone que acabábamos de saquear. Y la avisé, se escondió, entraron. Y levantaron la tapa y nos ofrecieron del minestrone. Ahora no recuerdo cual fue el orden entre risa floja, bochorno y cascada de excusas, pero después, con la bolsa de las fiestas, nos reímos mucho. La noche nos cerró los párpados y, pesar de dormir en el suelo con una pobre esterilla como breve escudo, el sueño enjuagó nuestro cansancio.

Buenas noches, compi.

lunes, 20 de enero de 2020

Sobre food trucks

Ya los habían inventado hace 25 años. Luis Cabeza estudiaba delineación y no estaba muy sobrado de pasta, así que sacó la palanca de la trasera de la furgoneta y persuadiendo a la cerradura de la persiana de la jamonería a hacerse a un lado, se surtió. En la panadería compró cien barras de pan y en el supermercado compró 300 latas de cerveza. Con un cuchillo de sierra, su novia cortaba tres piezas de pan de cada barra, con un cuchillo jamonero, él cortaba jamón sin mucha pericia, sabedor del ventajoso precio del producto. Cuando estaban los bocadillos, salían en dirección del concierto que aquel día hubiera y en la puerta del recinto, se vendía al público que esperaba para entrar un bocadillo y una cerveza por quinientas pesetas. En menos de dos horas de venta volvían a casa con 150.000 pesetas.