domingo, 15 de marzo de 2020

Capítulo I

Por delante teníamos cerca de 70 kilómetros y yo particularmente hacía quince años que no pedaleaba con regularidad. Hubiera sido aconsejable salir de Gijón a las siete de la mañana, pero los perdularios no somos previsores y no teníamos las credenciales que hacen falta para pernoctar en los albergues, así que a las diez estábamos solicitándolas en la oficina del paseo de fomento y nos pusimos en marcha. Lo mejor que se puede decir de los kilómetros desde Gijón a Avilés es que son perfectamente prescindibles, es uno de los peores paisajes que un viajero puede encontrar (altos hornos, central térmica, cementera... Paisaje industrial maloliente en definitiva, si vuelvo a hacer el viaje, ese tramo lo haré en tren). Una vez llegados a Avilés, tocó reponer fuerzas y hacer compra para la tarde. Mientras yo hacía de perro guardián de las bicicletas, Doña Sendero se encargó de la intendencia. Un plátano, un yogur y un kiwi sobre la marcha. Soy muy especial para los plátanos, no los suelo comer porque me gustan maduros. Y aquel plátano crujía, haber escogido intendencia, listo. Con más kilómetros basura en las piernas de los que nos gustaría y con un dolor de piernas (pero sobre todo de culo) que ya no nos abandonaría en lo restante del viaje, iniciamos el ataque al ascenso a La peral. Aunque la carretera tenía más gracia que el tramo desde Gijón a Avilés, el tráfico intenso obligaba a estar concentrado en rodar por la linea blanca de la derecha (puesto que el arcén era inexistente). Por otra parte, el escaso mantenimiento provocaba que por debajo de los quitamiedos salieran ortigas como las manos una banda de navajeros, así que hasta que escapamos de la cruz de illas, no tuvimos descanso. Pedaleamos con el ímpetu del deseo de aventura y el desánimo del desentreno. Y de resultas de esa mezcla, tuvimos que parar a jadear a la altura del cruce con la IA-4. Un cruce en el que no había nada reseñable, salvo una vivificante fuente de agua fresca y una casa detrás de la que el equipo se deshizo de la ropa interior (los ciclistas saben el dolor que la ropa interior produce con el sillín y el culotte). De la casa que nos sirvió para el furtivo deshabillé, salió un pequeño habitante intrigado por el ruido de nuestra conversación. Quizá tímido, quizá de pocas luces, o tal vez sufridor de muchas insolaciones, de inmediato entró en la casa y advirtió a la madre de la presencia de extraños, lo cual nos vino bien, porque pudimos ponernos al día de la distancia que nos quedaba de subida. Y de nuestro paupérrimo estado de forma, habíamos parado a 600 metros del pueblo de La peral, ¡qué desastre! Aún así, no dejamos que el dato menoscabara nuestro ánimo y nos lanzamos como gamos renqueantes a lograr nuestra primera minicumbre de la aventura. En este punto tengo que aclarar que yo tenía la esperanza de que el hecho de haber rodado en bicicleta en el pasado tuviera algo de peso frente a un titán del asfalto que corría carreras de media distancia hasta hace poco. Era como un motor diesel: lento, constante e imparable. No me quedaba más remedio que levantar la cabeza y ver como aquellos dos pistones movían sin parar los pedales y se alejaba de mi a la inalcanzable velocidad de cero por hora, mientras yo sólo podía agachar la cabeza con la esperanza de que en esa posición no me diera un vahído. Pasamos La peral con las cacharras de agua llenas y la figura mínimamente erguida, lo suficiente como para ver que es un pueblo próspero, en el que se nota que los vecinos cuidan de sus casas y el entorno y seguimos ruta camino de Reconco.

-Este pueblo se llama Reconco porque aquí en la edad Media quemaron a una mujer del pueblo en una vara de hierba alegando que era bruja. Y al año siguiente, en la época de la siega, se le apareció al cura y desde entonces le reconcomió la conciencia.
-Te lo estás inventando ¿No?
-Sí.

Todavía me pregunto en qué lo notaría, Iker Jiménez habría tragado.

La argañosa, Las pandiellas y Candamo son tres pueblos encantadores que pasamos anestesiados por el anhelo del descenso que aparecía en el perfil de la ruta y que cuando llegó, como siempre, supo a poco. Aunque fue el mejor aliado que pudimos tener para llegar con el ánimo en alto a Pravia. Y no menos alzó nuestro ánimo encontrar un supermercado en la entrada de la localidad, aunque claro, veníamos con sed y no de agua. Y algo de lo que uno no es consciente hasta que hace vida nómada, es que la bebida en los supermercados no está fría. Así que tocaba buscar un templo donde rezar unas oraciones, dos Estrellas de Galicia y unas aceitunas nos impuso el sacerdote. Y así, reconciliados con Baco, llenamos las cacharras de agua y volvimos sobre nuestros pasos camino del supermercado donde compramos lo necesario para que la merienda fuera contundente y ligera al tiempo. Pan, fiambre, queso, un par de piezas de fruta y buscamos un parque con sombra, unos pies negros pata negra, valga la redundancia.

-¿De qué vivirá la gente aquí?
-Pues no lo tengo muy claro, pero con todos los árboles que hay, debería haber industria maderera. Aunque no vi nada de camino.
-¿Habrás traído la bolsa de las fiestas?
-Sí, en la alforja delantera ¿Quieres montar una?
-No, mejor para dormir ¿donde vamos a dormir?
-Cornellana es un buen sitio y está a menos de quince km.
-Pues en marcha, que me empieza a dar pereza.
-Vamos.

Por el camino intentamos sin mucho afán encontrar algo que no nos obligase a pedalear más. Pero el único pórtico que vimos vivaqueable, estaba tomado por el coche de un vecino de la iglesia que no iba a mover ni un pelo y mucho menos el coche por hacernos el favor. Así que mansamente desembocamos en Cornellana y serpenteando por sus calles compramos una lata de lentejas, un par de tomates, fruta y pan para el desayuno e hicimos meta en el Monasterio de San Salvador de Cornellana.

No había sitio. Es decir, no quedaban camas, a nosotros nos servía un techo, incluso la cocina cuando todos cenasen. Ante tan baja exigencia, la alberguera se apiadó de nosotros y nos dejó dormir en el parqué del salón de actos. Bien, desmontamos alforjas, montamos esterillas y sacos, cogimos la ropa de limpio y el neceser y nos quitamos la mugre. Todo muy normal, hasta la hora de la cena. El caso es que mientras preparábamos nuestra cena, alguien se había dejado la suya preparada encima de la mesa y Doña Sendero inicia la siguiente excusa matahambres:

-Mira, esto debe de ser cortesía del albergue para los peregrinos. -Yo intuía que no, pero tenía ganas de ver acción, así que le di impulso.
-Claro que sí. -Y se sirvió. Y se dio la vuelta. Y se sirvió una ración de nuestras lentejas. Y yo vi llegar a los claros dueños del minestrone que acabábamos de saquear. Y la avisé, se escondió, entraron. Y levantaron la tapa y nos ofrecieron del minestrone. Ahora no recuerdo cual fue el orden entre risa floja, bochorno y cascada de excusas, pero después, con la bolsa de las fiestas, nos reímos mucho. La noche nos cerró los párpados y, pesar de dormir en el suelo con una pobre esterilla como breve escudo, el sueño enjuagó nuestro cansancio.

Buenas noches, compi.

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