miércoles, 18 de marzo de 2020

Capítulo II

  Corchopán en las piernas y hormigón en la espalda. La noche no fue tan reparadora como recordaba era cuando viajaba de joven. La esterilla dulcificó poco la dureza del parqué y en esas condiciones bajamos las escaleras del salón de actos como si dos robots tuvieran reuma y artrosis. Desayunamos café de combate (Nescafé y La Lechera), pan tostado con tomate en rodajas y aceite (en los albergues esas cosas se van quedando) y dos piezas de fruta. Y así comenzamos la segunda etapa. Los dolores se intensificaron al subir a las bicis (no redundaré en detalles) y la Sendero (Doña Sendero es por el modelo de la bici, Otero Sendero) estaba floja de aire en la rueda delantera. Un paso breve por la gasolinera solucionó el problema y nos dispusimos a tomar nuestro segundo desayuno, el ascenso a la segunda cumbre del viaje, el puerto de La Espina.

  El desvío estaba cerca de Cornellana, tanto que bastó seguir las indicaciones de la carretera. Y he ahí mi error, resulta que en la época gloriosa de las autovías y las autopistas, alguien pensó que era buena idea hacer una autovía que ascendiera el puerto sin avisarme, pero que harían primero los dos carriles de ida y luego los dos de vuelta. Y mientras acababan y no, los dos de ida serían de doble sentido. Así que, a mis ojos, aquello era una nacional. Y por allí nos metimos. Muy bien por el arcén, pero muy mal por el tráfico. El caso es que con los músculos de sentarse doloridos, opté por pedalear de pie. Y con las piernas de corchopán, el pedaleo era una especie de traqueteo irregular que llevaba el manillar de lado a lado del arcén. Cada vez que intentaba sentarme intentando mitigar el traqueteo, los dolores llamaban a la parte animal de mi cerebro gritando -¡En casa estabas mejor! -Y durante todo ese calvario, Doña Sendero se iba alejando a la fabulosa velocidad que su constancia parecía convertir mi avance en una aceleración del tiempo.

  Al llegar a la cima me estaba esperando vestida de lluvia, respiré un poco, miramos las indicaciones y en un par de ¡ayes! de dolor, emprendimos la marcha en busca de un poco de techumbre y comida. El pueblo de La Espina marca algún tipo de frontera, los tejados de las casas son de pizarra, no de teja. No me pude contener cuando vi unas chocoporquerías y una botella de una bebida azul, en la puerta de la pequeña tienda donde nos servimos reparamos fuerzas y valoramos la situación. La lluvia no era mayor problema excepto porque Doña Sendero no llevaba guantes. Pero entre todo mi equipaje, tenía dos pares largos. Naturalmente no eran de su talla. Por suerte, valoró más la protección que el estilismo. Y ataviados de arcoiris, como dos aves del paraíso, emprendimos un largo descenso en el que pudimos cambiar de posición entre sentados y de pie sin tener que impulsar los pedales ni una sola vez. Fue una hora de descenso hasta el pueblo de Trevías, donde paramos a desentumecer las manos, estirar las piernas y hacer compra de fruta. Creo que fue la semana que más fruta comí en mi vida y la naturaleza llamó a las puertas. Así que aprovechamos para hacer una parada en el bar donde pedí un café que me calentase el espíritu después de visitar el templo de porcelana. Con la gestión de peso resuelta, reanudamos ruta hacia Luarca. El hecho de que de Trevías a Luarca el perfil fuera casi plano y lleváramos una hora de descanso de pedaleo, imprimió buen ritmo a nuestra media. Tan fue así, que dejamos de lado una visita que me gustaría realizar la próxima vez que pase, el cementerio moro de Barcia. Buscadlo en wikipedia al menos. Luarca nos recibió con el tráfico hostil que una población saturada de coches nos tiene acostumbrados, pero la plaza Alfonso X El Sabio (debía ser el Wikipedio de la época) nos dio un respiro donde comer, beber, hablar y festejar la distancia recorrida. Unas fotos, unos mensajes a los seguidores de nuestra andanza, unos ajustes a los asientos y los manillares, revisión del mapa y nos encontramos dispuestos a seguir ruta.

Hay que decir que el camino sigue paralelo a la costa más o menos llano. Y que la llegada a Luarca es bajando. Y que todo lo que se baja hay que subirlo. ¡Y vaya si hubo que subir! De nuevo Doña Sendero impuso su ritmo, en este punto las ideas se impregnaban del espíritu del camino, se hacían peregrinas. Por ejemplo: una cuerda enganchada de su sillín a mi manillar. En medio de aquel devaneo mental, llegamos a Otero y otra bajada nos puso la gravedad en contra hasta Villuir, donde una gran recta con un leve sube-baja nos impulsó de más. Sí, de más. Nos pasamos Villapedre, donde un albergue municipal nos hubiera dado el descanso que ya empezábamos a necesitar. Y nos dimos cuenta después de bajar hasta Navia, donde nos dijeron que el albergue era privado. No sé si habréis leído que el presupuesto diario que nos habíamos auto impuesto era de cinco euros. Romperlo en la segunda etapa no era una opción, así que en la subida (muy dura, por cierto) en dirección al albergue, mi viejo radar de vivacs detectó algo atractivo a priori, la estación de tren. Hablamos con el jefe de la misma, nos informó de la hora de cierre, consultamos relojes y rápido fuimos a por la cena al supermercado. Esta noche serían albóndigas, a falta de cocina de albergue, una cocina con un infiernillo de alcohol convirtió aquella lata en un manjar. No teníamos ducha, pero dispusimos del baño de la estación como mejor pudimos y de nuevo, los sacos y las esterillas nos abrazaron hasta que el peso de los párpados venció el miedo a la intemperie. Buenas noches, compi.

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