Todos sus tics y compulsiones eran un muestrario de aquellos demonios
que no quería mostrar. La botella de cerveza que levantaba de la barra y volvía a posar sin siquiera rozar el gollete con sus labios, el
teléfono que automáticamente revisaba cada vez que el cambio de canción
en la música ambiente amplificaba un breve silencio, la larga cabellera
que se mesaba cada vez que la pandilla de al lado se reía, las gruesas
gafas de pasta que se deslizaban por su breve nariz y claro, todos los
reproches a un pasado doloroso que, lejos de dejarlo marchar, no hacía
más que invocar. Desde el final de la barra, ese pasado se forjaba un
presente con otra.
jueves, 15 de enero de 2015
El baño
El baño era un ritual que usaba para limpiar su alma y aliviar su cuerpo, aquel baño iba a ser especialmente terapéutico, acababa de romper con un tóxico que le llevaba amargando la existencia seis meses. Después de preparar el agua, las sales, las toallas y poner a Pink Floyd en el reproductor de música, se sumergió en la bañera. Poco a poco, el dolor se fue despegando, el calor la fue aliviando, el olor de las velas la fue calmando, hasta que, mientras sonaba "Wish you were here" el teléfono le recordó que no lo había apagado. El tóxico le enviaba un mensaje. Tal vez hace una semana hubiera respondido, tal vez lo hubiera leído, pero la semana había pasado y tenía el recipiente de la toxicidad rebosante. Agarró el teléfono, fue a la lista de contactos, lo bloqueó y de repente le pareció el más salubre de todos los baños que se había dado en los dos últimos años.
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