Acababa de ponerse en rojo el semáforo
de peatones. Habría podido apretar el paso mientras el verde
parpadeaba y en un par de zancadas alcanzar la otra acera, pero no
tenía ninguna prisa. Así que allí, relajado, esperaba que volviera a
cambiar el color de la luz. La brisa del mar le traía ese olor a sal
que se pega a las paredes de las fosas nasales y esa ofensa en forma
de gota que cuelga de la nariz, bonita forma de empezar el invierno.
A su derecha, un vigoroso taconeo en la acera anunciaba premura en
algún recado y un contoneo de caderas digno de admirar, seguro. No
movió la cabeza, el taconeo solo podía dirigirse al paso de
peatones, esperó a que se pusiera a su lado. Aquél sonido trajo
consigo mucho más que ritmo auditivo y visual, trajo a Ana en forma
de olor. Porque olía a Lou Lou. Es un olor muy poco habitual “pasado
de moda” leyó una vez, como si oler al primer amor fuera una moda.