domingo, 22 de diciembre de 2013

Lou Lou

Acababa de ponerse en rojo el semáforo de peatones. Habría podido apretar el paso mientras el verde parpadeaba y en un par de zancadas alcanzar la otra acera, pero no tenía ninguna prisa. Así que allí, relajado, esperaba que volviera a cambiar el color de la luz. La brisa del mar le traía ese olor a sal que se pega a las paredes de las fosas nasales y esa ofensa en forma de gota que cuelga de la nariz, bonita forma de empezar el invierno. A su derecha, un vigoroso taconeo en la acera anunciaba premura en algún recado y un contoneo de caderas digno de admirar, seguro. No movió la cabeza, el taconeo solo podía dirigirse al paso de peatones, esperó a que se pusiera a su lado. Aquél sonido trajo consigo mucho más que ritmo auditivo y visual, trajo a Ana en forma de olor. Porque olía a Lou Lou. Es un olor muy poco habitual “pasado de moda” leyó una vez, como si oler al primer amor fuera una moda.

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