Todos sus tics y compulsiones eran un muestrario de aquellos demonios
que no quería mostrar. La botella de cerveza que levantaba de la barra y volvía a posar sin siquiera rozar el gollete con sus labios, el
teléfono que automáticamente revisaba cada vez que el cambio de canción
en la música ambiente amplificaba un breve silencio, la larga cabellera
que se mesaba cada vez que la pandilla de al lado se reía, las gruesas
gafas de pasta que se deslizaban por su breve nariz y claro, todos los
reproches a un pasado doloroso que, lejos de dejarlo marchar, no hacía
más que invocar. Desde el final de la barra, ese pasado se forjaba un
presente con otra.
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