martes, 19 de marzo de 2013

El pan

La cola de la panadería rebasa lo razonable y uno piensa que todos van a hacer la compra a la misma hora. Pero después de cinco minutos de lento avance, cuando el escaparate queda a la vista, me doy cuenta de que el problema estriba en que el gerifalte del negocio ha decidido que la clientela puede perfectamente esperar por el pan haciendo fila en la calle en invierno si así se ahorra un sueldo. Hay una única dependienta atendiendo. Ya no ansías el pan que has bajado a comprar, solo poder entrar buscando refugio a los seis grados de temperatura y la lluvia que blandamente hace pesar cada vez más el abrigo. 

El cambio es radical, dentro de la panadería la temperatura supera los 25 grados y la cola sigue siendo cola, aún dentro del local. La gente abastece su cesta según sus necesidades o apetencias, así que cuando parece que estar el segundo de la fila es casi rozar la meta, el cliente que me antecede surte con parsimonia su ansia por empanadillas, mini napolitanas, croissants, pastelitos varios y por supuesto, pan. Acaba justo antes de que yo empezase a pensar en asaltar mediante alunizaje la nevera de bebida fría. Esto no puede ser tan difícil, voy a servirme más rápido que nadie: 

-Una barra de cuarto.

-No tenemos cuartos. 

Claro, las panaderías ya no son lo que eran (¿recordáis cuando aparecieron las boutiques del pan?, pues esta panadería es una boutique del pan) y el pan tampoco es lo que era (eso de los cuartos y los medios ya no existe, ahora al pan lo llaman sonrisas, trenzas, baguettes, de leña, chapatas, lacitos, espigas...)

-Pues ponme una trenza. 

-¿Poco cocida, muy cocida, con sal, sin sal, de escanda, para diabéticos...?

 Aquello doblega mi decisión inicial y señalo una en concreto sin importarme nada más que huir de aquel templo de la estupidez lo antes posible. Pago religiosamente los 80 céntimos y levito entre la lluvia hasta guarecerme en casa con la trenza. En la cocina de casa recuerdas lo bueno que era el pan cuando eras pequeño al llevarte un pellizco de la trenza a la boca (jamás fui partidario de cortar el pan con el cuchillo). A la hora de la merienda la trenza está chiclosa. A la hora de la cena la trenza es una contundente arma arrojadiza. 

Me han robado 80 céntimos y el dueño de la cadena de boutiques está ahorrándose un sueldo, como mínimo, por tienda. Así se vuelva celíaco.

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