viernes, 15 de noviembre de 2013

La hora del baño


La ajetreada semana se termina y deja paso a un fin de semana que empieza con una voz pastosa de recién despierto.

-Mamá, ¿puedo desayunar Nutella y cereales de la abeja?

Este chaval no tiene medida de mi agotamiento, pero asomado a la puerta de la habitación con el pijama y sus párpados pegados por las lagañas se hace perdonar.

-Claro cariño, ahora te preparo el desayuno.

Me levanto y en la cocina le preparo los cereales como a él le gustan.

-Con leche fría, mamá.

Desde la cocina lo veo hacerse el amo del televisor, nadie en la casa domina el mando a distancia como él. A través de la ventana, la luz de la mañana hace evidente en su pelo ensortijado que se acaba de levantar, y mientras Doraemon le cuenta a Nobita lo fantástico del telescopio con el que hace saltos en el tiempo, comienza la ronda de preguntas.

-Mamá ¿Como descubrieron el diámetro de la tierra?... Si damos una patada muy fuerte en el suelo ¿Nos escuchan en el otro lado del planeta?

Y así. Acabo de prepararle el desayuno y remolonea ante la pantalla, parece que la hélice del gato lo tiene hipnotizado.

-Pablo, si no vienes a desayunar, me como yo la Nutella.

-¡No mamá, que ya voy, que Nobita va a ganar la carrera!

-Si me tengo que levantar, te apago la tele.

Viene corriendo a la mesa de la cocina con el mando en la mano. Huele a niño recién despierto y todavía no ha llegado a la edad en la que a los niños les molesta que su madre les dé un beso en el cuello. Mira embobado las tonterías de la tele y me fijo en sus manos. Ayer tocaba colorear en clase de dibujo y aún quedan restos de ceras de colores en sus uñas, esas uñas aún frágiles que tardarán unos años en dejar de doblarse ante la acción de unas tijeras poco afiladas. El mes pasado estropeó el cortauñas intentando cortar un clavo que el padre le mandaba sujetar mientras arreglaba la barandilla exterior de la casa. Tengo que comprar otro. Se arremanga la pernera del pijama y se rasca, esa mancha no estaba ayer.

-¿Y esa porquería?

-No es una porquería.

-A ver. -Pues no, no es una porquería, es una costra en la rodilla.- ¿Como te hiciste esto?

-Ayer me caí jugando un partido.

Claro, los hombres y el fútbol, un día me voy a hartar de la ropa sucia, de las zapatillas llenas de barro, de los domingos de frío en la grada escuchando insultos de los padres al árbitro y al entrenador, pero él es feliz. Me encanta cuando sale hecho un guarro del campo después del partido con los ojos visualizando un pase o un gol y volviéndolo a narrar con esas palabras que no le salen.

-Y entonces Pedro me la pasó y, y, y, yo le hice así al balón (recrea un movimiento con un balón invisible) y disparé y el portero hizo así (representa el movimiento del portero) y el balón le pasó así por la mano (un puño simula el balón y la otra mano se flexa hacia atrás) y ¡GOOOOOL! ¿Lo viste mama? ¿Lo viste?

-Sí, Pablo, lo vi, lo hiciste muy bien.

Tarda, pero termina su desayuno. Su voz ya no es pastosa, pero aún tiene cara de almohada y los ojos pegados.

-Pablo, tienes que ducharte.

-¿Vamos a ir a una boda?

Estas respuestas me descolocan, me reiría si no me hiciera perder autoridad.

-No, pero si no te duchas, hoy no hay bicicleta.

El gesto es de contrariedad y sigue alegando en contra de la ducha.

-Ya me duché ayer.

-Y todavía tienes suciedad bajo las uñas, no te lavaste como es debido, venga a la ducha.

Se levanta de la mesa (la ha dejado hecha un bonzo con la nutella y los salpicones de leche) y simula desanimo agachando la cabeza y arrastrando los pies descalzos camino del baño. Es un rito (el del baño) que desde que empezó a hacerlo solo, le lleva mucho tiempo (aunque cada vez menos) y hoy no es excepción. Le gusta cantar esas canciones tontas de niños que hace diez años, antes de que fuera mi hijo, a mi no me gustaban y que ahora me hacen sonreír. Hoy en el repertorio hay una nueva, un poco picante, que le habrá escuchado a algún caradura de la escuela, se hace mayor. Después de 20 minutos de barbarie ecológica con el gasto de agua, me llama.

-¡Mama! Ya terminé.

Toca revisión y, como siempre, asombro ante el desolador panorama que me espera en el baño. Amanecer en Mostar. Me pregunto como hace para dejar el baño así habiendo cortina en la ducha, pero me da igual, Pablo está reluciente. Su pelo rubio, aún húmedo del agua del baño, brilla cuando un rayo de sol se cuela por la ventana y choca con él. Orgulloso, levanta sus manos para enseñarme que no queda rastro de suciedad en ellas y me explica como hizo para que estén así de limpias.

-Con esa esponja que usas para que te quede la cara de ese color tan chulo cuando sales a cenar con papá, estaba sucia pero con el jabón, ahora la esponja está también limpia. Y las uñas me las limpié con ese cepillito con el que te peinas las pestañas y se te quedan tan negras.

Sus ya no tan pequeñas manos relucen entre las mías y las uñas están tan limpias que se podría decir que están trasparentes. Tengo que comprar un rimmel nuevo y una nueva esponja de maquillaje.

-Muy bien, Pablo.

No solo sus manos están limpias, ha puesto especial empeño en todo su cuerpo. Está especialmente orgulloso, se nota en su sonrisa clara y en su brillante mirada, parece más alto incluso, con su pecho henchido y desnudo ante mi. Me hace un reproche.

-Tengo las uñas de los pies un poco largas. -Se sienta en la tapa de la taza del water y me las enseña- ¿Ves mama, ves?

En efecto, están un poco largas, me encanta verle los pies y tomarlos entre mis manos, son un claro indicador de lo rápido que crece y de lo fuerte que va a ser, son unos pies fuertes, firmes en mis manos, que contrastan con esa complexión infantil del resto de su anatomía, pies formados a golpe de correr descalzo todo el verano en la casa de campo de la abuela.

-Sí Pablo, están largas las uñas. Ponte el albornoz, voy a por las tijeras y te las cortaré.

-¿Con las tijeras? ¿Y por qué no con el cortauñas?. -No le gustan las tijeras.

-Porque alguien se entretuvo jugando con él a piedra-papel-tijera contra un clavo. -Sonríe al sentirse pillado en falta- Es igual, no pasa nada porque hoy no te las corte. Te voy a secar el pelo que hace frío y no quiero que salgas a la calle con el pelo húmedo.

Secarle el pelo es un privilegio que su edad aún no me ha arrebatado. Me gusta el momento, frotarle el pelo con la toalla le obliga a movimientos en su cabeza casi hipnóticos y el olor de su champú se expande por todo el baño embriagándolo todo de inocencia. Le gusta, me cuenta sus proyectos de futuro.

-De mayor voy a trabajar en una empresa importante.

-¿Sí? ¿Y de qué trabajarás?

-De director, o mejor, de director gerente, que suena más importante. Y tendré un buen sueldo.

-¡Qué bien!

-Y me voy a casar con una mujer muy guapa. Mamá, tengo agua en la oreja.

-Se dice oído.

-Eso, en el oído, en este. -Se señala el oído afectado...


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