La
ajetreada semana se termina y deja paso a un fin de semana que
empieza con una voz pastosa de recién despierto.
-Mamá,
¿puedo desayunar Nutella y cereales de la abeja?
Este
chaval no tiene medida de mi agotamiento, pero asomado a la puerta de
la habitación con el pijama y sus párpados pegados por las lagañas
se hace perdonar.
-Claro
cariño, ahora te preparo el desayuno.
Me
levanto y en la cocina le preparo los cereales como a él le gustan.
-Con
leche fría, mamá.
Desde
la cocina lo veo hacerse el amo del televisor, nadie en la casa
domina el mando a distancia como él. A través de la ventana, la luz
de la mañana hace evidente en su pelo ensortijado que se acaba de
levantar, y mientras Doraemon le cuenta a Nobita lo fantástico del
telescopio con el que hace saltos en el tiempo, comienza la ronda de
preguntas.
-Mamá
¿Como descubrieron el diámetro de la tierra?... Si damos una patada muy fuerte en el suelo ¿Nos escuchan en el otro lado del planeta?
Y
así. Acabo de prepararle el desayuno y remolonea ante la pantalla,
parece que la hélice del gato lo tiene hipnotizado.
-Pablo,
si no vienes a desayunar, me como yo la Nutella.
-¡No
mamá, que ya voy, que Nobita va a ganar la carrera!
-Si
me tengo que levantar, te apago la tele.
Viene
corriendo a la mesa de la cocina con el mando en la mano. Huele a
niño recién despierto y todavía no ha llegado a la edad en la que a
los niños les molesta que su madre les dé un beso en el cuello.
Mira embobado las tonterías de la tele y me fijo en sus manos. Ayer
tocaba colorear en clase de dibujo y aún quedan restos de ceras de
colores en sus uñas, esas uñas aún frágiles que tardarán unos
años en dejar de doblarse ante la acción de unas tijeras poco
afiladas. El mes pasado estropeó el cortauñas intentando cortar un
clavo que el padre le mandaba sujetar mientras
arreglaba la barandilla exterior de la casa. Tengo que comprar otro.
Se arremanga la pernera del pijama y se rasca, esa mancha no estaba
ayer.
-¿Y
esa porquería?
-No
es una porquería.
-A
ver. -Pues no, no es una porquería, es una costra en la rodilla.-
¿Como te hiciste esto?
-Ayer
me caí jugando un partido.
Claro,
los hombres y el fútbol, un día me voy a hartar de la ropa sucia, de
las zapatillas llenas de barro, de los domingos de frío en la grada
escuchando insultos de los padres al árbitro y al entrenador, pero
él es feliz. Me encanta cuando sale hecho un guarro del campo
después del partido con los ojos visualizando un pase o un gol y
volviéndolo a narrar con esas palabras que no le salen.
-Y
entonces Pedro me la pasó y, y, y, yo le hice así al balón (recrea
un movimiento con un balón invisible) y disparé y el portero hizo
así (representa el movimiento del portero) y el balón le pasó así
por la mano (un puño simula el balón y la otra mano se flexa hacia
atrás) y ¡GOOOOOL! ¿Lo viste mama? ¿Lo viste?
-Sí,
Pablo, lo vi, lo hiciste muy bien.
Tarda,
pero termina su desayuno. Su voz ya no es pastosa, pero aún tiene
cara de almohada y los ojos pegados.
-Pablo,
tienes que ducharte.
-¿Vamos
a ir a una boda?
Estas
respuestas me descolocan, me reiría si no me hiciera perder
autoridad.
-No,
pero si no te duchas, hoy no hay bicicleta.
El
gesto es de contrariedad y sigue alegando en contra de la ducha.
-Ya
me duché ayer.
-Y
todavía tienes suciedad bajo las uñas, no te lavaste como es
debido, venga a la ducha.
Se
levanta de la mesa (la ha dejado hecha un bonzo con la nutella y los
salpicones de leche) y simula desanimo agachando la cabeza y
arrastrando los pies descalzos camino del baño. Es un rito (el del
baño) que desde que empezó a hacerlo solo, le lleva mucho tiempo
(aunque cada vez menos) y hoy no es excepción. Le gusta cantar esas
canciones tontas de niños que hace diez años, antes de que fuera mi
hijo, a mi no me gustaban y que ahora me hacen sonreír. Hoy en el
repertorio hay una nueva, un poco picante, que le habrá escuchado a
algún caradura de la escuela, se hace mayor. Después de 20 minutos
de barbarie ecológica con el gasto de agua, me llama.
-¡Mama!
Ya terminé.
Toca
revisión y, como siempre, asombro ante el desolador panorama que me
espera en el baño. Amanecer en Mostar. Me pregunto como hace para
dejar el baño así habiendo cortina en la ducha, pero me da igual,
Pablo está reluciente. Su pelo rubio, aún húmedo del agua del
baño, brilla cuando un rayo de sol se cuela por la ventana y choca
con él. Orgulloso, levanta sus manos para enseñarme que no queda
rastro de suciedad en ellas y me explica como hizo para que estén
así de limpias.
-Con
esa esponja que usas para que te quede la cara de ese color tan chulo
cuando sales a cenar con papá, estaba sucia pero con el jabón,
ahora la esponja está también limpia. Y las uñas me las limpié
con ese cepillito con el que te peinas las pestañas y se te quedan
tan negras.
Sus
ya no tan pequeñas manos relucen entre las mías y las uñas están
tan limpias que se podría decir que están trasparentes. Tengo que
comprar un rimmel nuevo y una nueva esponja de maquillaje.
-Muy
bien, Pablo.
No
solo sus manos están limpias, ha puesto especial empeño en todo su
cuerpo. Está especialmente orgulloso, se nota en su sonrisa clara y
en su brillante mirada, parece más alto incluso, con su pecho
henchido y desnudo ante mi. Me hace un reproche.
-Tengo
las uñas de los pies un poco largas. -Se sienta en la tapa de la
taza del water y me las enseña- ¿Ves mama, ves?
En
efecto, están un poco largas, me encanta verle los pies y tomarlos
entre mis manos, son un claro indicador de lo rápido que crece y de
lo fuerte que va a ser, son unos pies fuertes, firmes en mis manos,
que contrastan con esa complexión infantil del resto de su anatomía,
pies formados a golpe de correr descalzo todo el verano en la casa de
campo de la abuela.
-Sí
Pablo, están largas las uñas. Ponte el albornoz, voy a por las
tijeras y te las cortaré.
-¿Con
las tijeras? ¿Y por qué no con el cortauñas?. -No le gustan las
tijeras.
-Porque
alguien se entretuvo jugando con él a piedra-papel-tijera contra un
clavo. -Sonríe al sentirse pillado en falta- Es igual, no pasa nada
porque hoy no te las corte. Te voy a secar el pelo que hace frío y
no quiero que salgas a la calle con el pelo húmedo.
Secarle
el pelo es un privilegio que su edad aún no me ha arrebatado. Me
gusta el momento, frotarle el pelo con la toalla le obliga a
movimientos en su cabeza casi hipnóticos y el olor de su champú se
expande por todo el baño embriagándolo todo de inocencia. Le gusta,
me cuenta sus proyectos de futuro.
-De
mayor voy a trabajar en una empresa importante.
-¿Sí?
¿Y de qué trabajarás?
-De
director, o mejor, de director gerente, que suena más importante. Y
tendré un buen sueldo.
-¡Qué
bien!
-Y
me voy a casar con una mujer muy guapa. Mamá, tengo agua en la
oreja.
-Se
dice oído.
-Eso,
en el oído, en este. -Se señala el oído afectado...
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