Pasa
rauda y veloz con su bicicleta. No es una bici de niña de color
rosa, tampoco es una bici nueva. Tiene aspecto de ser una bicicleta
de segunda mano, quizá heredada de algún familiar al que se le
quedó pequeña, pero la goza como solo los niños saben hacerlo.
Ella, erguida en su posición, muestra orgullosa su rubia melena al
viento que su velocidad genera. Es todo un contraste verla con sus
uñas pintadas de diferentes colores conduciendo ese montón de
óxido. De vez en cuando se detiene en el banco en el que está
sentado su padre y le pregunta cosas.
-Papá
¿De mayor puedo correr en el Tour de Francia?
-Claro
Ana, puedes hacer todo lo que quieras.
-Es
que dice Luis que las niñas no corren en el Tour, pero yo le gano
todas las carreras que hacemos.
-Lo
dice para que te desanimes porque eres más rápida que él, pero no
le hagas caso.
-Ya
me lo parecía a mi.
Y
con sus botitas imprime un giro inverso a los pedales y vuelve a
arrancar en alocada carrera. Al rato, cansada, jadeante,
sudorosa, vuelve a parar y deja con cuidado la bici en el suelo, se
sienta al lado de su padre y le vuelve a preguntar.
-Papá
¿Como se sabe el diámetro del Sol?
Papá
ya no está en la edad en que todo lo sabe, la pregunta lo deja fuera
de juego.
-Pues
no lo sé, pero cuando volvamos a casa lo consulto y te lo explico.
La
niña es mucho más vivaz que las que comparten juego con sus muñecas
y sus madres en el parque y su cara es mucho más luminosa, o al
menos así me lo parece a mi por lo audaz de sus preguntas. Unos
enormes ojos azules se apoyan en sus, por el esfuerzo, coloradas
mejillas y el jadeo remite mientras alivia la sequedad de sus labios
humedeciéndolos con la lengua. Y vuelve a la carga con la batería
de preguntas.
-¿La
gente en Australia camina cabeza abajo?
Su
padre sonríe.
-No,
caminan con los pies en el suelo, así que la cabeza está arriba.
-Ya,
eso lo entiendo, pero si están en la parte de abajo del planeta, la
cabeza está debajo.
-Bueno,
es una forma de verlo, pero la tierra es redonda, así que “abajo”
es el centro de la tierra. Si andan con los pies en el suelo, tienen
la cabeza arriba.
-¡Ah!
Te explicas mejor que la profesora, eres el mejor padre del mundo.
La
sonrisa del padre se agranda.
-¿Tú
crees?
-Sí,
me dejas hacer cosas que el padre de María no le deja hacer y
explicas las cosas muy bien.
-Muchas
gracias, tú eres la mejor hija del mundo y la más guapa.
-¿De
verdad?. -Ana no parece tenerlo claro y aparta hacia atrás el pelo
en un gesto de coquetería con su índice izquierdo, por algún
motivo, el violeta con el que tiene pintada la uña de ese dedo, me
parece más bonito que el resto de los colores de las otras uñas-
¿No sería más guapa si tuviera pendientes? La profesora tiene
pendientes y el resto de los profesores del colegio la miran mucho.
Eso
hace estallar al padre en una sonora carcajada y esta provoca un
gesto de seriedad en Ana.
-Tú
no serías más guapa si tuvieras pendientes, serías igual de guapa,
pero tendrías pendientes. ¿Quieres ponerte pendientes?
-No
lo sé, creo que sí, me gusta mucho como quedan, pero me parece que
duele.
-Un
poco de daño sí que hace, pero si quieres ponértelos, podemos ir a
una farmacia a que te hagan los agujeros. ¿Tú quieres que los niños
te miren?
Un
sofoco inunda las mejillas y las orejas de Ana, se echa el pelo hacia
atrás y recoge sus manos entre sus muslos.
-Hay
un niño en el colegio que me gusta -sus botas dibujan círculos en
el grijo del suelo- pero no me hace caso.
Estoy
siendo testigo de la primera convesación de mayores de Ana con su
padre y me brotan lágrimas.
-Pues
habrá que hacer algo para que ese niño te haga caso, ¿Como se
llama?
-Roberto.
-Tal
vez se fijó en ti y no se atreve a decirte nada.
-A
lo mejor no le gusto.
-Bueno,
tal vez le gustes y no se haya fijado en ti.
-¿Como
puede ser?
-Porque
nunca te vistes de chica, siempre usas pantalones y sudadera, no usas
falda ni zapatos de niña y solo te sueltas el pelo cuando montas en
bici.
-¿Eso
es importante?
-En
realidad no, pero si quieres que te miren, sí.
-¿Los
chicos solo se fijan en eso?
-Los
chicos se fijan en muchas cosas, en eso también.
-¿Me
ayudarás a que Roberto se fije en mi?
-No,
te ayudaré a que le gustes a Roberto como eres. Y si quieres
vestirte de chica, también te ayudaré.
-¿Podré
ponerme tacones?
-Eso
no, es demasiado pronto para que te pongas tacones. Pero te prometo
que te mirarán de otra forma todos tus compañeros del cole.
Ana
se levanta y camina con gesto orgulloso delante de su padre; de
puntillas, simulando llevar tacones, con las manos en ángulo hacia
afuera, erguida y con los hombros rectos hecha una dama.
-No
quiero ponerme pendientes, la ropa se quita y se pone, pero los
pendientes dejan agujero. -Dice segura de si misma.
-Eres
una niña muy inteligente, ¿Quieres que vayamos de compras?
-¿Ahora?
-Claro, toma la goma del pelo. -Dice el padre mientras se levanta.
-No,
ya no me la voy a poner más.
-Bien,
coge la bici pues y pongámonos en marcha.
Ana
se sube en la bici y pedalea despacio al lado de su padre. De vez en
cuando levanta la cabeza hacia él, pero la conversación ya no me
llega.
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