martes, 5 de noviembre de 2013

Ana y la bici

Pasa rauda y veloz con su bicicleta. No es una bici de niña de color rosa, tampoco es una bici nueva. Tiene aspecto de ser una bicicleta de segunda mano, quizá heredada de algún familiar al que se le quedó pequeña, pero la goza como solo los niños saben hacerlo. Ella, erguida en su posición, muestra orgullosa su rubia melena al viento que su velocidad genera. Es todo un contraste verla con sus uñas pintadas de diferentes colores conduciendo ese montón de óxido. De vez en cuando se detiene en el banco en el que está sentado su padre y le pregunta cosas.

-Papá ¿De mayor puedo correr en el Tour de Francia?

-Claro Ana, puedes hacer todo lo que quieras.

-Es que dice Luis que las niñas no corren en el Tour, pero yo le gano todas las carreras que hacemos.

-Lo dice para que te desanimes porque eres más rápida que él, pero no le hagas caso.

-Ya me lo parecía a mi.

Y con sus botitas imprime un giro inverso a los pedales y vuelve a arrancar en alocada carrera. Al rato, cansada, jadeante, sudorosa, vuelve a parar y deja con cuidado la bici en el suelo, se sienta al lado de su padre y le vuelve a preguntar.

-Papá ¿Como se sabe el diámetro del Sol?

Papá ya no está en la edad en que todo lo sabe, la pregunta lo deja fuera de juego.

-Pues no lo sé, pero cuando volvamos a casa lo consulto y te lo explico.

La niña es mucho más vivaz que las que comparten juego con sus muñecas y sus madres en el parque y su cara es mucho más luminosa, o al menos así me lo parece a mi por lo audaz de sus preguntas. Unos enormes ojos azules se apoyan en sus, por el esfuerzo, coloradas mejillas y el jadeo remite mientras alivia la sequedad de sus labios humedeciéndolos con la lengua. Y vuelve a la carga con la batería de preguntas.

-¿La gente en Australia camina cabeza abajo?

Su padre sonríe.

-No, caminan con los pies en el suelo, así que la cabeza está arriba.

-Ya, eso lo entiendo, pero si están en la parte de abajo del planeta, la cabeza está debajo.

-Bueno, es una forma de verlo, pero la tierra es redonda, así que “abajo” es el centro de la tierra. Si andan con los pies en el suelo, tienen la cabeza arriba.

-¡Ah! Te explicas mejor que la profesora, eres el mejor padre del mundo.

La sonrisa del padre se agranda.

-¿Tú crees?

-Sí, me dejas hacer cosas que el padre de María no le deja hacer y explicas las cosas muy bien.

-Muchas gracias, tú eres la mejor hija del mundo y la más guapa.

-¿De verdad?. -Ana no parece tenerlo claro y aparta hacia atrás el pelo en un gesto de coquetería con su índice izquierdo, por algún motivo, el violeta con el que tiene pintada la uña de ese dedo, me parece más bonito que el resto de los colores de las otras uñas- ¿No sería más guapa si tuviera pendientes? La profesora tiene pendientes y el resto de los profesores del colegio la miran mucho.

Eso hace estallar al padre en una sonora carcajada y esta provoca un gesto de seriedad en Ana.

-Tú no serías más guapa si tuvieras pendientes, serías igual de guapa, pero tendrías pendientes. ¿Quieres ponerte pendientes?

-No lo sé, creo que sí, me gusta mucho como quedan, pero me parece que duele.

-Un poco de daño sí que hace, pero si quieres ponértelos, podemos ir a una farmacia a que te hagan los agujeros. ¿Tú quieres que los niños te miren?

Un sofoco inunda las mejillas y las orejas de Ana, se echa el pelo hacia atrás y recoge sus manos entre sus muslos.

-Hay un niño en el colegio que me gusta -sus botas dibujan círculos en el grijo del suelo- pero no me hace caso.

Estoy siendo testigo de la primera convesación de mayores de Ana con su padre y me brotan lágrimas.

-Pues habrá que hacer algo para que ese niño te haga caso, ¿Como se llama?

-Roberto.

-Tal vez se fijó en ti y no se atreve a decirte nada.

-A lo mejor no le gusto.

-Bueno, tal vez le gustes y no se haya fijado en ti.

-¿Como puede ser?

-Porque nunca te vistes de chica, siempre usas pantalones y sudadera, no usas falda ni zapatos de niña y solo te sueltas el pelo cuando montas en bici.

-¿Eso es importante?

-En realidad no, pero si quieres que te miren, sí.

-¿Los chicos solo se fijan en eso?

-Los chicos se fijan en muchas cosas, en eso también.

-¿Me ayudarás a que Roberto se fije en mi?

-No, te ayudaré a que le gustes a Roberto como eres. Y si quieres vestirte de chica, también te ayudaré.

-¿Podré ponerme tacones?

-Eso no, es demasiado pronto para que te pongas tacones. Pero te prometo que te mirarán de otra forma todos tus compañeros del cole.

Ana se levanta y camina con gesto orgulloso delante de su padre; de puntillas, simulando llevar tacones, con las manos en ángulo hacia afuera, erguida y con los hombros rectos hecha una dama.

-No quiero ponerme pendientes, la ropa se quita y se pone, pero los pendientes dejan agujero. -Dice segura de si misma.

-Eres una niña muy inteligente, ¿Quieres que vayamos de compras?

-¿Ahora?

-Claro, toma la goma del pelo. -Dice el padre mientras se levanta.

-No, ya no me la voy a poner más.

-Bien, coge la bici pues y pongámonos en marcha.

Ana se sube en la bici y pedalea despacio al lado de su padre. De vez en cuando levanta la cabeza hacia él, pero la conversación ya no me llega.

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