Ya
había pasado el verano, el común bronce del estío había abandonado su
piel y de su cabellera, un rebelde mechón, ensortijado azabache, señala
la avellana de su ojo derecho. Gira la cabeza en atención al solo de la batería,
la palidez de su piel es mucho más notoria en el cuello expuesto y justo
en el punto en el que la media luna del escote de la espalda termina y
el hombro deja de ser visible, asoma el cuerno de un unicornio, tinta
bajo piel. Me tiene loco la colonia infantil, hasta que otro golpe
visual me vuelve a dejar fuera del concierto, la manicura bermellón de
su mano izquierda sube por su cuello y se detiene en forma de masaje en
el lóbulo de su oreja...
¿Es que solo escribes sobre mujeres?
ResponderEliminarSi la mujer merece la pena, sí.
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