martes, 12 de noviembre de 2013

La cita.

La conversación era entretenida, variaba entre los protozoos y la sinestesia, pero ninguno de los dos estaba centrado en lo que debía. Él levantaba la vista buscando a su cita y ella, bueno, ella era ignorante de las miradas que su pretendiente le dirigía, seguro molesto con la presencia de ese conversador casual. En un momento en que las palabras dan un poco de tregua, el efímero parlanchín toma las riendas:

-Lo siento, me gustaría seguir hablando contigo, pero desgraciadamente no lo estoy disfrutando. Tengo la mente en otro sitio y...

Ella le corta.

-Está sentada en la barra, al lado del cañero.
-Gracias.

Al empujar el cristal de la puerta, el reflejo de ella y su hasta ahora ignorado pretendiente queda atrás y la imagen del eyeliner y el carmín cobran fuerza.

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