Al salir del restaurante, el frío de la noche los acercó y sus manos se rozaron y entrelazaron con la complicidad de siempre. Creían que nada volvería a ser lo mismo, y sin embargo, todo parecía igual cuando los pies de los dos los llevaron a cruzar la calle. Y a recorrer el camino de la casa de ella, a fundirse en un abrazo en el portal, a besarse con deseo en el ascensor, a sobarse con lujuria en el rellano, a desnudarse con frenesí por el pasillo, a poseerse con amor en la cama. La despedida había sido un reencuentro más.
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