Se
hacía viejo. Desde que se rompió el último hueso, intuía que las cosas
no funcionaban de la misma manera, y guardar cama por ello le hizo
reflexionar al respecto. Empezó por mirarse en el espejo y la respuesta
que obtuvo fue contundente, tenía arrugas y unos cercos oscuros
enmarcaban sus ojos. Lo que tiempo ha no eran más que un par de entradas
que le daban un aire de madurez, ahora eran un camino franco hacia una
coronilla despejada y ridícula. El cuello dolorido de la postura que la
fractura le obligaba, estaba rodeado por una piel que se podía
pellizcar. Allí donde el brazo se mostró una vez firme, colgaba una
distensión que delataba falta de tono muscular. Nunca tuvo un torso
recio, pero ahora sus pectorales y sus abdominales eran motivo de mofa
para sí. En fin, que el tiempo pasaba y era víctima de él.
Pasaron las semanas y el hueso se curó (más o menos, los días fríos le dolía) así que llamó a una antigua amiga que trabajaba como curandera de la belleza y le dijo:
-Haz todo lo que puedas por mi cara, mi pelo y mis manos.
Ella, tras un silencio valorativo, se puso manos a la obra. Lo afeitó, lo rapó, le frotó la cara con todo lo necesario para tapar el paso del tiempo, le hizo la mejor manicura que pudo en aquellas destrozadas manos y cuando él se miró en el espejo, le gustó lo que vio. Salió a la calle sonriente porque lucía el sol y se dirigió con paso firme a el gimnasio donde entrenaba desde hacía un año un buen amigo y pagó la cuota y 80 sesiones de spinning (fue curioso el gesto que le puso la encargada cuando él le dijo "cicloestática") Después de un mes empezó a sentirse joven. Hasta que lo invitaron a una sesión de sofá, película y manta que se alargó hasta las cuatro de la madrugada. Con ayuda de un par de cafés llegó hasta esa hora, pero ya no pudo conciliar el sueño. Fue entonces cuando supo que era una guerra perdida y volvió a sentirse viejo.
Pasaron las semanas y el hueso se curó (más o menos, los días fríos le dolía) así que llamó a una antigua amiga que trabajaba como curandera de la belleza y le dijo:
-Haz todo lo que puedas por mi cara, mi pelo y mis manos.
Ella, tras un silencio valorativo, se puso manos a la obra. Lo afeitó, lo rapó, le frotó la cara con todo lo necesario para tapar el paso del tiempo, le hizo la mejor manicura que pudo en aquellas destrozadas manos y cuando él se miró en el espejo, le gustó lo que vio. Salió a la calle sonriente porque lucía el sol y se dirigió con paso firme a el gimnasio donde entrenaba desde hacía un año un buen amigo y pagó la cuota y 80 sesiones de spinning (fue curioso el gesto que le puso la encargada cuando él le dijo "cicloestática") Después de un mes empezó a sentirse joven. Hasta que lo invitaron a una sesión de sofá, película y manta que se alargó hasta las cuatro de la madrugada. Con ayuda de un par de cafés llegó hasta esa hora, pero ya no pudo conciliar el sueño. Fue entonces cuando supo que era una guerra perdida y volvió a sentirse viejo.
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