jueves, 14 de febrero de 2013

No sé de qué me hablas.

Era la segunda obra en la que trabajaba y le parecía curiosa la vorágine de gente alrededor de aquel mastodonte de acero y ladrillos refractarios. Le tocó trabajar con un calderero medio loco, embrutecido por los turnos, la ingente cantidad de cafeína que tomaba y la docena de canutos que se fumaba todos los días. No le importaba que aquella bestia enfurecida se dirigiera a él a gritos, nunca le replicaba en aquellos términos, aunque era capaz de darle réplica y enfurecerlo aún más solo para reírse de él sin tan siquiera esbozar un gesto. Su labor consistía en pasarle la herramienta necesaria para que colocara unas puertas de acero alrededor de las cuales los albañiles debían poner unos ladrillos refractarios cortados en medida precisa y con un cemento especial elaborado con una medida exacta de agua. En un intervalo en que se quedó sin herramienta que pasar al cafre, se fijó en el albañil que preparaba la mezcla de cemento. A ojos de cualquiera, parecía un tipo capaz, pero fijándose más atentamente, se dio cuenta de que detrás de uno de los sacos que se habían quedado vacíos, había varias latas de cerveza vacías y  el albañil se tambaleaba levemente. Lo vio agacharse a por una lata en la que todavía quedaba líquido y darle un trago corto. La cerveza estaba aliñada con polvo de cemento, porque inmediatamente escupió el sorbo y vació el resto de la lata en la mezcla de agua y cemento. Instintivamente miró a su alrededor y vio al novato. No quería testigos, así que se dirigió al novato en los siguientes términos:

   -Oye chaval, tú no has visto nada, me cago en la puta tu madre.

El novato era novato, sí, pero no idiota, así que contestó:

  -¿Te refieres a mi?

  -Sí, me refiero a ti.

  -No sé de qué me estás hablando, yo no he visto nada.

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