Era la segunda obra en la que trabajaba y le parecía curiosa la
vorágine de gente alrededor de aquel mastodonte de acero y ladrillos
refractarios. Le tocó trabajar con un calderero medio loco, embrutecido
por los turnos, la ingente cantidad de cafeína que tomaba y la docena de
canutos que se fumaba todos los días. No le importaba que aquella
bestia enfurecida se dirigiera a él a gritos, nunca le replicaba en
aquellos términos, aunque era capaz de darle réplica y enfurecerlo aún
más solo para reírse de él sin tan siquiera esbozar un gesto. Su labor
consistía en pasarle la herramienta necesaria para que colocara unas
puertas de acero alrededor de las cuales los albañiles debían poner unos
ladrillos refractarios cortados en medida precisa y con un cemento
especial elaborado con una medida exacta de agua. En un intervalo en que
se quedó sin herramienta que pasar al cafre, se fijó en el albañil que
preparaba la mezcla de cemento. A ojos de cualquiera, parecía un tipo
capaz, pero fijándose más atentamente, se dio cuenta de que detrás de
uno de los sacos que se habían quedado vacíos, había varias latas de
cerveza vacías y el albañil se tambaleaba levemente. Lo vio
agacharse a por una lata en la que todavía quedaba líquido y darle un trago corto. La
cerveza estaba aliñada con polvo de cemento, porque inmediatamente
escupió el sorbo y vació el resto de la lata en la mezcla de agua y
cemento. Instintivamente miró a su alrededor y vio al novato. No quería
testigos, así que se dirigió al novato en los siguientes términos:
-Oye chaval, tú no has visto nada, me cago en la puta tu madre.
El novato era novato, sí, pero no idiota, así que contestó:
-¿Te refieres a mi?
-Sí, me refiero a ti.
-No sé de qué me estás hablando, yo no he visto nada.
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