miércoles, 6 de febrero de 2013

Quebrado.

Llovía. Vivía en un lugar donde llovía a menudo. A sus amigos no les gustaba la lluvia pero a él sí. Le encantaba asomarse a la ventana los días lluviosos, alargar el brazo y atrapar unas gotas en la palma de su mano. El frescor del agua le recordaba aquellos charcos en los que saltaba de pequeño, los globos que llenaba en el grifo y que se convertían en munición inocente en batallas de barrio. Era para él, el agua, también un recuerdo de aquel primer beso furtivo que se dio en el portal de su primer amor preadolescente, un día de verano en que una tormenta precipitó una huida a casa, antes del toque de queda paterno. Pensó que la vida sin lluvia debía de ser muy triste y cerró su mano con fuerza en un vano intento de convertir aquellas gotas en suyas para siempre. Las gotas se diluyeron en una fría humedad que no le pareció suficiente. Así que se vistió con ropa de abrigo, botas de agua y sombrero de lana (nunca le gustaron los paraguas) y salió a la calle a dar un paseo. Caminó largo rato hasta aquella calle que le había sido familiar durante varios años de su vida y fijó su mirada en aquella ventana desde la que solía atrapar gotas los días de cielo plomo. La luz estaba encendida y dos siluetas se dibujaban a través del visillo. De repente la lluvia no le satisfizo en absoluto, así que tiró su sombrero y su abrigo al contenedor y volvió a su casa muy despacio, dejando que el invierno quebrara el envoltorio de su quebrado espíritu.

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