miércoles, 6 de febrero de 2013

Valor



Hacía dos años que no la veía y se la encontró en el autobús.

-¡Hola, cuanto tiempo! ¿Como te va?
-Pues muy bien ¿y a ti qué tal?

Mintió.

-Muy bien, no me puedo quejar. ¿Qué es de tu vida?
-Pues trabajo, sigo en aquel despacho.
-¿Qué fue de Alicia?
-La despidieron hace seis meses, a ella y a otros doce compañeros. Fue un trago durísimo, tuve que entregarles la carta de despido.
-Vaya palo.
-¿Sigues trabajando en aquel taller?

Volvió a mentir.

-Sí, me va muy bien.
-Me alegro. A ver si podemos quedar un día de estos y nos contamos la vida más en profundidad.
-Gran idea, dame tu número de teléfono y te llamo.
-Vale, hazme una llamada perdida.

Volvió a mentir.

-Estoy sin batería, dame tu número y lo apunto, el papel y el lápiz no fallan.

Tomó nota en la agenda de las angustias, (así llamaba él al pequeño block en el que anotaba todas las renuncias a las que sus penurias económicas lo habían obligado) justo después de "Teléfono".
El autobús se acercaba a su destino, pero no hizo ademán de moverse del asiento, esperó a que los pasajeros se bajaran y pulsó el timbre de solicitud de parada en cuanto el urbano se puso en marcha.

-¿Vives aquí?

Volvió a mentir.

-No, vengo a ver a un compañero de trabajo, en realidad vivo a las afueras en un adosado compartido con dos amigos.

-¡Vaya, no está mal!
-Pues no, no me puedo quejar.

El autobús se detuvo y ellos se besaron deseándose suerte. Al bajar, él improvisó un paseo hacia ningún sitio, esperó a que el vehículo se alejara lo suficiente y entonces desanduvo el camino en dirección al albergue donde se alojaba. Apuntó en la libreta "Valor" y tachó el número de ella.

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