El trabajo era monótono, siempre era
una casa distinta, pero para ella era siempre la misma casa, una casa
ajena que alguien había maltratado y manchado y a ella le tocaba
limpiar para el próximo inquilino. Sin embargo, mientras sus
compañeras se quejaban de el olor de los productos de limpieza y de
la aspereza que producían en sus manos, ella se evadía con el
recuerdo de aquella noche de invierno, de aquel encuentro furtivo con
aquel casi desconocido que le regaló una rosa de papel y que con una
bolsa de tabletas de chocolate, la invitó a ver el mar desde el
cerro más alto de la ciudad dentro de su coche.
-De noche no se ve el mar.
-Hoy hay luna llena, llegan dos
mercantes al puerto y desde el cerro, se ven las luces de la avenida.
Será el mar más bonito que hayas visto nunca.
El tipo sabía como convencer a una
mujer y ella se dejó llevar. Así, de camino a lo alto de las
afueras, encendió el aire acondicionado al máximo y le dijo:
-Abrígate, sino el vaho de nuestra
respiración empañará el cristal y no será lo mismo.
Al llegar al destino, buscó una parte
del aparcamiento poco concurrida y con buena vista.
-Esto es un picadero.
-Bueno, es una forma de verlo. Para mi
es un mirador y no va a pasar nada que no queramos.
Ella le sonrió y el mar le regaló la
vista prometida. Las luces de navegación de los mercantes reflejadas en el agua, la
sombra de estos en el mar bajo la luz de la luna, la línea
discontinua de las luces de las farolas del paseo, como una ordenada
columna de luciérnagas...
-¿Que chocolate te gusta?
-Muy dulce, el blanco.
-No sabía cual y compré una tableta
de cada. Están en el suelo, a tus pies, al lado de la salida del
aire acondicionado. Frío está más rico, pásame la tableta de
chocolate negro.
Y así, poco a poco, la brisa del mar
se coló por las rendijas de las ventanillas del coche, llevando en
volandas el olor de las algas en las rocas en plena marea baja. La
bruma se alió en contra de las vistas, acumulándose en forma de
fina escarcha en el cristal, el limpiaparabrisas apartó la lámina
con un “crass, crass” que parecía emular el crujido del
chocolate entre los dientes. El se inclinó hacia ella en busca de
una bayeta en la guantera y sin querer la rozó. Ella también lo
rozó sin querer. Y sin querer, se robaron un beso.
A la hora de la comida, mientras hablaba con sus compañeras de lo sucia que estaba la casa, se deleitaba en el postre, dos onzas de chocolate. Una blanca y otra negra.
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