jueves, 19 de junio de 2014

Cortando amarras.

Le encantaba la libertad que librarse de lastres proporcionaba. Él sabía que el corte del cabo iba a ser certero, y se recreó en el proceso. La mano derecha al bolsillo, el frío tacto de la navaja en la palma, el pulgar abriendo la hoja, el duro filo inoxidable apoyado en el tenso cabo y de un solo tirón, la hoja separa el lastre de su pasado del veloz surcar del velero sobre el proceloso mar. Empujado por los vientos portantes, un grito en la popa llegó a sus oídos, pero él se concentró en los dígitos que en pocos segundos pasaron de diez a doce nudos en el display de la corredera. En menos de un minuto, el grito se disipó en el ululato del viento entre la jarcia. Estaba claro, ella estaba de más en la cubierta.

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