Le
encantaba la libertad que librarse de lastres proporcionaba. Él sabía
que el corte del cabo iba a ser certero, y se recreó en el proceso. La
mano derecha al bolsillo, el frío tacto de la navaja en la palma, el
pulgar abriendo la hoja, el duro filo inoxidable apoyado en el tenso
cabo y de un solo tirón, la hoja separa el lastre de su pasado del veloz
surcar del velero sobre el proceloso mar. Empujado por los vientos
portantes, un grito en la popa llegó a sus oídos, pero él se concentró
en los dígitos que en pocos segundos pasaron de diez a doce nudos en el display de la corredera. En menos de
un minuto, el grito se disipó en el ululato del viento entre la jarcia.
Estaba claro, ella estaba de más en la cubierta.
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