Es curioso como su vida se había ido reduciendo al minimalismo. Se había deshecho del coche, al fin y al cabo la bicicleta y el transporte público le llevaban más rápido a todas partes. El reproductor de DVD y la tele por cable siguieron el mismo camino. La televisión en abierto no ofrecía nada interesante, así que el monitor también salió de casa. La alienación de la pantalla del ordenador dejó de ofrecerle entretenimiento, así que cortó la conexión de banda ancha. El teléfono solo sonaba para escupir mensajes estúpidos a través de ese servicio de mensajería instantánea gratuito. Información inútil que también canceló, vendiendo su móvil de última generación en favor de un aparato sencillo que le ofrecía la comunicación necesaria.
-Necesario viene de necesidad, no de "necesito un Ferrari".- Le gustaba pensar.
También su armario se llenó de espacio. Hizo cuatro montones de ropa, dos de verano y dos de invierno y se quedó con los dos que iba a usar. Y lo propio con el calzado. La lencería de cama y de baño sufrió el mismo recorte. Y la cocina, claro. Una persona, un plato hondo, un plato llano, una taza, un cuchillo un tenedor, una cuchara, una sartén, una cacerola...
Siempre hay una chispa que inicia este tipo de cambios, no llegan por casualidad. En el caso de Pedro vino tras una ruptura traumática.
-Te dejo, estoy liada con mi jefe.
No fue un trauma como el de aquel que tropieza y se rompe un pie, fue más bien como el de aquel que, embelesado con el paisaje, recibe un empujón que lo lanza al vacío. Desde entonces, dejó de pasear por las calles llenas de escaparates, llenos de público con ojos vacíos deseando llenar sus vacías vidas con ropa de moda, con zapatos de moda, con cocinas de diseño y muebles huecos laminados en plástico. Escogió un parque de su ciudad muy tranquilo, con amplios espacios para pasear, zonas de sombra, bancos cómodos y un pequeño kiosco de música en el que atecharse en invierno, al lado del rumor del agua de una fuente.
Las estaciones se sucedieron y la tranquilidad del kiosco se trocó en bullicio estival, pero el rumor del agua de la fuente también aportaba frescor, así que siguió paseando por el parque y buscando refugio en el kiosco. Sin embargo, el griterío de los niños se unió al chirrido de la cadena de la bicicleta mental en la que se había convertido la soledad de su ruptura.
Uno no se pasa nueve meses visitando un lugar sin pasar desapercibido, y así, unos ojos curiosos rompieron su soledad del modo más sencillo.
-Hola, siempre escoges este sitio para sentarte ¿puedo sentarme también yo?
Levantó la vista de la lectura y la propietaria de aquella voz también era dueña de una cara amable.
-Bueno, no tenía planeado tener conversación, pero tampoco me vendría mal, me llamo Pedro.
-Yo me llamo Nuria, encantada.
Él sintió alivio, como si de repente el dolor de su ruptura recibiese un calmante. Ella notó que tendría que llevar el peso de la conversación, así que tomó las riendas. Le contó que era pintora, que lo había estado fotografiando desde hacía cuatro meses, que había iniciado una serie de bosquejos a partir de las fotos, que hacía mucho calor, que estarían mejor ante una taza de té con hielo, que lo invitaba a tomar ese té en su casa y así podía ver su trabajo...
Se dejó llevar, se tomó esa invitación como amor prestado.
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