Su movimiento es resuelto y elegante. El uniforme de camarera a duras penas puede disimular la sinuosidad de sus formas. Lleva recogido el pelo engominado, crespo y azabache, en una coleta. De piel clara, en contraste con su indumentaria y su pelo, se adivina a la vista un tacto sedoso en ella. El duro trajín entre el lavaplatos y el agua fría del fregadero hace mella en sus manos. El paso del tiempo dibuja lineas de expresión limpias. Y de repente, una breve charla con su compañera dibuja una sonrisa que ilumina el local y hace que el café sepa a "Buenos días, guapo". El cliente contiguo en la barra le dice antes de marchar.
-Parece que una máquina te dibujó la sonrisa.
Ella vuelve a sonreír, pero no sale tanta luz. No es justo, ella ilumina mi café y lo más amable que recibe es que su sonrisa es de máquina. Tengo que hacer algo.
-Ni caso.- Le digo
-¿Perdón?
-Que no hagas ni caso, la sonrisa te queda estupenda.
Un arrebol inunda su cara.
-Muchas gracias.- Dice con una caída de ojos.
-A ti por sonreír así.
Debería ser obligatorio que los cafés sepan a sonrisa, debería ser obligatorio que las sonrisas supieran a "Muchas gracias"
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