sábado, 27 de abril de 2013

Despertar


     Sábado, como tantos otros después de una dura semana, no tenemos nada que hacer, así que es una mañana propicia para remolonear en la cama. Hace media hora que el sol se cuela por una rendija de la persiana, hiriendo con su luz la piel de su pálido pecho que se hincha acompasado con su profunda respiración. Su gesto, hinchado por el sueño prolongado, es sereno. Me llega su olor, el olor de unas gotas de Kenzo y de su sudor de toda la noche.
 

   Creo que no voy a poder remolonear más, me estoy excitando, aunque no quiero romper su serenidad. Me voy a divertir yo solo un rato a su costa. 
 

      Con la máxima delicadeza de la que soy capaz, le acaricio el brazo, primero hacia abajo con las yemas y luego hacia arriba con las uñas. Sé que le gusta, me lo ha dicho muchas veces y la verdad, estoy orgulloso de mis manos, así que me recreo en el movimiento. Su fino vello se eriza, y aunque no muestra signos de despertar, me detengo en sus pequeñas manos. Me gusta como se las cuida, se hace ella misma una manicura especialmente elaborada, manicura francesa. Ahora no están pintadas, pero el hecho de que se repase las uñas con tres limas de diferente grano, las hace especialmente suaves, incluso cuando no lleva esmalte.
 
      La incomodidad me obliga a quitarme el pantalón del pijama y la ropa interior.
 

    Sigue profundamente dormida, así que voy a torturarla un poco más. Mi dedo índice recorre su perfil desde el flequillo hasta la punta de su nariz. Tengo que hacer un alto en el camino, no quiero que al pasar por las aletas de su nariz un inoportuno estornudo la despierte, así que mi dedo describe un leve despegue y es recibido con blandura en su labio superior. Su parte primitiva del sueño detecta un insecto, porque arruga el labio para alejarlo de si. Me corta la respiración, si se despierta ahora, se acabó la diversión. Está claro que los labios son unos delatores, los ignoro y me centro en el resto de su anatomía. La barbilla es la siguiente y siguiendo el camino, desciendo hasta su cuello.
 

    Mi incomodidad va en aumento, una gota moja mi muslo, lo va a pagar caro.
 

   Su desnudo pecho es demasiado terreno solo para los dedos, así que se lo acaricio con suavidad con la palma de mi mano. Mi caricia recibe como respuesta un golpe de su pezón en mi palma. Si no estuviera acostada de lado, podría acariciarle ambos, si no estuviera acostada de lado, no vería la curva que su cadera y su cintura dibujan en la ropa de cama. No queda más piel a la vista, excepto su pie. Tiene unos pies preciosos que me encanta acariciar y atormentar, pero quedan lejos de mi alcance y moverme puede perturbar su sueño, así que me centro en la parte de su piel que se agazapa bajo la sábanas.


    Se me acelera la respiración y las ganas de ser delicado se tornan en otro tipo de ganas menos sutiles, siento una urgencia, aunque ella sigue durmiendo.


     A mi alcance su rodilla, mi mano sube por su muslo y para llegar hasta su cadera, tengo que acercarme más, así que mi entrepierna queda pegada a su rodilla. Mi mano sigue explorándola y de repente me encuentro con que algo que no está, su ropa interior ¡Está desnuda! Pero, pero... Recuerdo que se acostó con las braguitas ¿En qué momento se las quitó?

    -Buenos días.-Me dice.

    La miro, tiene una sonrisa en su cara.

    -Buenos días, ¿Cuando te quitaste las bragas?

   -Hace media hora, roncabas como un cerdo y pensé en darte una sorpresa, me levanté, me desnudé y subí un poco la persiana, si no hay luz o despertador no te despiertas y como hoy es Sábado...

     -¿Estás despierta desde entonces?

     Sonrió.

    -Y tan mojada como tú duro.-Dijo mientras me presionaba con su muslo.

    Tomó mi mano y la puso en su sexo. ¡Maldita perra! Era ella la que me estaba torturando a mi desde antes de que yo me despertase.

     -¿Algo que objetar?.-Dijo con una sonrisa.

     -Te vas a enterar.

     -Que se vea.

     Me levanté y me quité la parte de arriba del pijama, ella se incorporó levemente, lo justo para apoyar su cabeza en la mano.

    -¿Y qué es lo que dices que me vas a hacer?.-Solo le faltaba reírse.

     Aparté la sábana y quedó completamente desnuda ante mi.

      -Te vas a arrepentir de haber subido la persiana.

     -Fanfarrón.-Levantó su pierna izquierda y dejó su coño a la vista.

     Me incliné sobre la cama, la agarré por el tobillo derecho y tiré con fuerza hasta dejar su cadera al borde de la cama.

     -Pues parece que sí me voy a arrepentir.-Dijo mientras se carcajeaba.

     Me incliné sobre ella y la besé, me acerqué a su oreja y le mordí el lóbulo, con suavidad primero y poco a poco con más fuerza hasta que me dijo:

     -Cabrón, me haces daño.

     Me aparté un poco hasta que, mirándola a los ojos, le dije:

    -Desquítate.-Y me abofeteó con la dureza que le gusta hacerlo. Sonreí, pensando en su húmedo sexo.

      -No quiero celos.

      -¿De quien me estás hablando?.-Dijo alarmada.

      -De tu pezón derecho.

   Rio a mandíbula batiente, mientras le acariciaba y le pellizcaba los dos pezones.

      -Todavía no has hecho nada para que me arrepienta.

    -La mañana es larga.-Le dije mientras me agachaba en busca de sus otros labios.

      -Pues sí que estás húmeda y yo tengo sed.

     -Tú y tus expresiones.-Respondió en medio de un gemido.

Me entretuve un rato largo, hasta que me agarró de las orejas y me dijo:

     -Me estás poniendo muy puta, fóllame, cabrón.

     -A sus órdenes, mi sargento.

    En cuclillas, para quedar al borde de la cama, le di unos golpes en la Puerta de Jade y ella se incorporó levemente sobre sus codos, mirándome el sexo.

     -Babeas, ¿Será por mi?

     Miré en derredor y le respondí:

    -No hay nadie más aquí y si lo hubiera, no tendría ojos para nadie más que tú.

     -Métela, redicho asqueroso.

    Empujé un poco, le levanté las piernas y la así por las rodillas. Su gesto fue desaprobatorio, es una parte especialmente sexy aunque no le gusta que se la mire o se la toque. Practicando una de sus aficiones, la escalada, se hizo un siete en su rodilla derecha y la herida no cerró del modo debido, de modo que le doblo las rodillas y la agarro por los tobillos. Me muevo un poco, con suavidad, a impulsos leves no muy profundos hasta que noto que se dilata y su respiración se acelera y se entrecorta.

     -Dame más, fantasma.

     Me detengo y la miro a mala ostia.

   -Te la voy a clavar tan fuerte, que a quien la saque lo nombrarán rey de Inglaterra.

     Se rie y me repite:

     -Eres un fantasma.

    En un impulso le doy hasta que no queda espacio entre los dos.

     -¡Hijo de puta, no tan fuerte!.

    La ignoro y le doy de nuevo mientras sonrío. Se incorpora y me vuelve a abofetear:

     -Me vas a partir en dos.

   -¿Es eso todo lo fuerte que me puedes dar? Eres una nenita mimada, te vas a enterar.

    Así que me empleo a fondo, le acaricio la entrada con suavidad y la golpeo con fuerza a ritmo alternado hasta que su discurso desaparece en gemidos y humedades que se escapan hasta sus nalgas. Ya no articula palabra y después de un rato largo, se vuelve a incorporar y me agarra por el cuello arrastrándome hacia si:

      -Estate quieto, me corro.

     Le hago caso, encorva su espalda y cierra los ojos, mientras se agita arriba y abajo espasmódicamente. Me quedo quieto encima de ella hasta que dice:

      -Ahora te toca a tí.

     -No, voy a preparar el desayuno. Dúchate, la mañana es larga y no vamos a hacer las tareas de la casa, tengo ganas de ti todo el día.

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